Estas maniobras fueron una demostración ante el mundo, o mejor dicho, ante la alianza soviética, del poderío militar de EE.UU, en aquel periodo de tensión entre los bloques comunista y capitalista, conocido como la Guerra Fría.
Momento del desembarco en la playa de
Mazagón
El próximo
mes de octubre se cumplen cincuenta años de la Operación Lanza de Acero I, la
mayor operación anfibia realizada después de la II Guerra Mundial. Estas
maniobras tuvieron un coste de 10.300.000 dólares, y hubo que lamentar la
muerte de trece soldados norteamericanos, nueve de ellos en un choque de dos
helicópteros en pleno vuelo que iban cargados de material explosivo, y los
otros cuatro perecieron al caer al mar el avión en el que volaban. A pesar de
ello, la operación fue considerada un éxito, ya que la previsión inicial era de
cincuenta bajas según el número de efectivos.
En la
mañana del lunes 26 de octubre de 1964, cuando estaba a punto de amanecer,
tropas hispano-americanas tomaban las playas de Mazagón por tres puntos a la
vez, dando comienzo la Operación Lanza de Acero I. En esta operación
participaron más de cien barcos, doscientos aviones y helicópteros, y cincuenta
mil soldados españoles y norteamericanos Por el número de efectivos, la calidad
del armamento y el tonelaje del material, fue calificada como la operación
anfibia más importante después de la II Guerra Mundial.
Estas maniobras fueron una demostración ante el mundo, o mejor dicho, ante la alianza soviética, del poderío militar de EE.UU, en aquel periodo de tensión entre los bloques comunista y capitalista, conocido como la Guerra Fría, que si bien es cierto que evitó un enfrentamiento armado aún peor que el de la II Guerra Mundial, también es cierto que fue el motivo que incitó a las dos potencias a la acumulación de los grandes arsenales de armas atómicas que hoy tenemos en el mundo.
El objetivo
de la misión era ocupar esta franja de playa, cortar las vías de comunicación
con Sevilla y eliminar al enemigo en la zona de operaciones, además de hacerse
con el control de la capital, de Niebla y de la aldea de El Rocío, con el fin
de restaurar la paz en “Próxima”, un país ficticio del sur que estaba en guerra
con “Luchado”, otro país del norte. Como paso previo para que esta operación
tuviera éxito, unos días antes se realizaron inspecciones de las zonas de
ocupación por paracaidistas de la base de apoyo situada en Almería. Los paracaidistas
aterrizaron en el Cerro del Villar, en el término municipal de Bonares, próximo
a la carretera que une Bodegones con Mazagón.
Un convoy en el camino de la playa
Aquella
mañana del desembarco cogió de sorpresa a los vecinos de Mazagón, que se despertaron
sobresaltados por el estrepitoso ruido de los aviones, de los barcos y de los
carros de combate que salían de las lanchas de desembarco hacia los caminos de
los acantilados. Muy pocos, casi nadie de los escasos habitantes que Mazagón
tenía en aquella época, sabían de la existencia de estas maniobras, ya que la
operación se dio a conocer un día antes, es decir, el domingo 25 de de octubre
en el hotel Alfonso XIII de Sevilla, en una rueda de prensa a la que asistieron
periodistas nacionales e internacionales, el subdirector general de Prensa,
José Molina Plata, y los jefes de los Ejércitos de los Estados Unidos y de
España.
En las
inmediaciones de la playa de Mazagón se prepararon explanadas para el
aterrizaje de helicópteros y se montaron los campamentos para albergar a las
tropas. Hay que destacar que en este gran movimiento de tropas y vehículos,
hubo un especial cuidado con la protección del medio ambiente, ya que los
montes próximos habían sido repoblados recientemente de pinos y eucaliptos por
el Ministerio de Agricultura, y con cada unidad que desembarcaba iban como
guías unos guardias forestales para evitar el daño a esta zona.
Las tropas marchan por los pinares de
Mazagón
Las tropas
norteamericanas instalaron un puesto de comunicaciones en la zona donde se
encuentra hoy la Pensión Álvarez Quintero, junto a la choza del guarda
forestal. Este puesto se comunicaba con un barco para coordinar las
operaciones. La comunicación no se interrumpió ni un solo instante durante los
cinco días que duró la Operación Lanza de Acero I. Los vecinos colindantes escuchaban
día y noche aquellas conversaciones en lengua hispana, que no lograban
entender, ya que utilizaban un alfabeto militar indescifrable.
Los marines
habían traído todos los víveres de su país; lo traían todo enlatado, hasta el
pan, pero cuando descubrieron el pan de Moguer, renunciaron al de lata. Les
encantaba el pan de Moguer, se lo comían como si de un manjar se tratara.
Muchos vecinos de Mazagón hacían cambalaches con ellos, les cambiaban el pan
por latas de conserva; hubo otros vecinos que salían de sus casas cargados de
botellas de bebidas alcohólicas y regresaban con los bolsillos llenos de
dólares. Los marines solían hacer algunas compras en el economato del poblado
forestal, sobre todo cerveza y otras bebidas alcohólicas. En el sótano de una
vivienda de la Avenida Conquistadores había un pequeño negocio, una tasquita
donde los pescadores iban a beber vino, y este sótano fue descubierto enseguida
por los marines, que acudían a diario a tomar cerveza. El primer día, un marine
le dijo al señor que regentaba aquel negocio, que cuánto le debía por la
cerveza; el hombre le dijo que un duro, es decir, cinco pesetas. El marine sacó
un dólar del bolsillo y lo puso en el mostrador, dándole las gracias, con la
actitud de haberle parecido barata. Desde ese día la cerveza pasó a costar un
dólar para todos los norteamericanos.
Estas
maniobras fueron presenciadas desde una tribuna instalada en los acantilados de
Mazagón por diversas personalidades militares españolas, entre las que se
encontraban el ministro de Marina, almirante Nieto Antúnez, el jefe del Grupo
Operativo del Estado Mayor de la Armada, almirante Lostán, y el general de
división Fernández de Córdoba. Desde la fragata Martín Alonso Pinzón se dirigían las maniobras por parte de la
Armada española; allí tenía el centro de operaciones el capitán general del
Departamento Marítimo, el almirante Pascual Cervera. En el conjunto de las
tropas españolas no hubo que lamentar ningún dramático accidente, aunque varios
soldados sufrieron algunas bajas por heridas al volcar el jeep en el que circulaban.
Sin embargo, en las tropas norteamericanas perdieron la vida trece soldados,
nueve de ellos en un choque de dos helicópteros en pleno vuelo que iban
cargados de material explosivo, y los otros cuatro perecieron al caer al mar el
avión en el que volaban, perteneciente a la 32ª Escuadrilla Aérea
Antisubmarina. A pesar de ello, esta operación fue considerada un éxito, ya que
la previsión inicial era de cincuenta bajas según el número de efectivos. Los
heridos en el choque de los helicópteros fueron trasladados al barco-hospital
de la Flota Atlántica. Los medios de comunicación quisieron saber los nombres
de aquellos fallecidos y las causas que habían provocado el accidente, pero los
mandos militares mantuvieron un hermetismo sobre el suceso. El vicealmirante
Joh McCain les negó esa información, diciendo que no iban a facilitar ningún
nombre hasta que los peritos no terminaran de realizar el informe.
Varias piezas eléctricas encontradas
el pasado verano en la zona donde cayeron los helicópteros
Mi pasión
“enfermiza” por la investigación, me llevó el pasado verano a localizar, junto
con un grupo de amigos, encabezados por José Manuel Gómez Domínguez, los restos
de estos helicópteros que se fundieron en un amasijo de acero y aluminio, entre
el poblado forestal de Mazagón y el Instituto de Técnica Aeroespacial (INTA).
A las 17:30
horas, bajo un sol de justicia, comenzamos a caminar por un cortafuegos de
arena, para luego adentrarnos en una zona de vegetación espesa, hasta llegar a
una explanada de arena en forma de círculo, donde no crece una hierba desde
aquella enorme explosión ocurrida hace cincuenta años. Íbamos preparados con
rastrillos y azadones, pero apenas los utilizamos, pues nada más mover la arena
con el pie empezaron a aparecer los primeros vestigios de aquel fatídico
accidente. Descubrimos numerosas piezas entre un amasijo de acero y aluminio
fundido: engranajes, rodamientos, resistencias, sondas, material eléctrico,
hebillas de los cinturones de seguridad, etc.
Los restos de los helicópteros hallados en la zona donde cayeron. Llama la atención la esterilidad del terreno, un área en círculo donde no crece la hierba desde hace 50 años
Este artículo fue publicado en la revista Marzagón en julio de 2014
José Antonio Mayo Abargues




