domingo, 2 de mayo de 2021

EL MUELLE DE LA CALZADILLA, UNA VENTANA ABIERTA A LA HISTORIA

Fue una arteria importante en la comunicación de Palos de la Frontera con Huelva y Punta Umbría

Actual muelle de la Calzadilla. Foto: J.A. Mayo.

El muelle de la Calzadilla fue construido en 1892, con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América, pasando a la historia el 22 de enero de 1926 como el muelle desde donde partió el hidroavión Plus Ultra que, al mando del comandante Ramón Franco Bahamonde, realizó la primera travesía aérea desde España hasta América. El pasado día 22 se conmemoró el 90 aniversario de aquella aventura transoceánica.

La obra de este muelle y el terraplén de acceso contó con un presupuesto de 3.000 pesetas, siendo por cuenta del Ayuntamiento de Palos y de la Junta de Obras del Puerto, la aportación de la madera para su construcción. Pero al retrasarse la entrega de los materiales, el director de las Obras del Puerto, Luis Mª Moliní, decidió adquirir por cuenta de la Junta toda la madera en el comercio de la localidad, quedando terminada la obra el 2 de agosto de 1892, según señala Ana María Mojarro Bayo en su libro La Historia del Puerto de Huelva (1873-1930).

Este histórico y emblemático muelle, que se encuentra inaccesible y prácticamente en ruinas, estuvo operativo hasta finales de los años 60, siendo una arteria importante en la comunicación de Palos de la Frontera con Huelva, Punta Umbría y otras localidades de la margen derecha del río Odiel, como muelle comercial y de transporte de pasajeros, hasta la apertura de los puentes sobre el Tinto y el Odiel que fueron inaugurados por el ministro de Obras Públicas, don Federico Silva Muñoz, el 19 de marzo de 1969. Estos dos puentes no se construyeron para comunicar a los pueblos de uno y otro lado de los ríos con la capital, sino para fines industriales. El puente sobre el río Tinto se construyó para comunicar Huelva con el nuevo polo de promoción industrial, cuya carretera fue inaugurada también ese mismo día. La finalidad del  Puente Sifón o de Santa Eulalia, construido sobre el río Odiel, no era otra que la de traer la conducción de agua procedente del embalse del río Piedras para el suministro de la industria, a través de un acueducto que fue aprovechado como base de una carretera que unió a estas dos localidades.

Portada del diario Odiel del 20 de marzo de 1969. Hemeroteca Diputación Provincial de Huelva.

Las jábegas, barcos de origen fenicio, propulsados por una vela latina, fueron los primeros protagonistas de estas comunicaciones. Eran barcos muy veloces por su poca manga y calado, construidos artesanalmente por carpinteros de ribera a pie de playa, siguiendo la tradición transmitida de generación tras generación. La jábega tomó su nombre del arte de cerco que utilizaba para pescar, una red de hilo de cáñamo embreado que se calaba con la ayuda de un chinchorro. Originariamente estos barcos navegaban a remo para las tareas de la pesca, pero más tarde se les incorporó un mástil y una vela latina para ser dedicados al transporte de mercancías. Las jábegas de Palos alternaban la pesca con el transporte de tejas y ladrillos fabricados en unos hornos próximos al muelle, para las primeras construcciones que se hicieron en Punta Umbría, una localidad tan cercana y al mismo tiempo tan distante. Los barcos bajaban por el Tinto hasta la confluencia con el Odiel, para tomar rumbo a Punta Umbría a través de los esteros. La actividad industrial de estos hornos constituyó una de las bases más importantes de la economía de la localidad durante muchos años.

La evolución de la arquitectura naval fue desplazando a las jábegas por otro tipo de barcos menos ligeros y de más manga y calado, propulsados también por una vela latina, y más tarde a motor, que eran empleados para las mismas funciones, además del transporte de frutas y verduras a Huelva y Punta Umbría. Junto al muelle se construyó una pequeña lonja para alijar el pescado y una garita para albergar a los Carabineros que controlaban la actividad comercial del muelle, así como el tránsito de pasajeros de las canoas de El Potaje y El Chino, que hacían la ruta de Huelva a Palos.

El muelle tenía muy poca capacidad de atraque, por lo que todas las embarcaciones fondeaban en el medio del río y dependían del botero, una antigua ocupación que era un modo de ganarse el sustento para muchos palermos que se dedicaban al traslado de los pescadores del muelle a los barcos y viceversa. Los últimos boteros de la Calzadilla fueron, Juan Ramón Cerpa, su hermano Manuel Ramón Cerpa, y Antonio Infante, el Sevillita.

En el camino de acceso a la Calzadilla, a unos doscientos metros al lado de la marisma se encontraba la casa del guarda del muelle, Jorge Gómez, el Galápago, que estaba contratado por el Puerto de Huelva. Desde aquella casa, Jorge controlaba el muelle y los movimientos de los barcos que arribaban a él, los que entraban por el caño de la Gavilla y los que fondeaban en medio del río. El Galápago dejó en Palos una amplia descendencia marinera, pues hasta sus biznietos se siguen dedicando hoy al mundo de la pesca. El puesto de guarda fue desempeñado más tarde por su hijo Jorge, el de la Calzadilla.

El muelle de la Calzadilla en 1920. Foto del libro Puerto Histórico y Castillo de Palos de la Frontera. Juan M. Campos – José Luis Gozálvez Escobar.

Los barcos más asiduos al muelle eran: La Balandra, Giralda, Hermanos Toscano, La Niña de los Peines, El Mundo, Isabelita, El Cachorro y El leal. Algunos de los nombres de estos barcos respondían al sobrenombre por el que todos los conocían en la localidad.

Para la carga y descarga de los barcos se utilizaba una zorrilla, una pequeña vagoneta de tracción manual que rodaba por unos raíles desde la entrada al muelle hasta el mismo pantalán. Pero la zona preferida por la gran mayoría de los barcos para las cargas y descargas, era un entrante de agua en la marisma, llamado la Gavilla, junto a la zona de poniente del muelle que llegaba hasta tierra y era de fácil acceso. Los carros, tirados por mulas llegaban hasta allí cargados de tejas, ladrillos, grava y arena, extraída de los campos de Palos para las construcciones de Huelva y Punta Umbría. En la Gavilla había que entrar con la marea llena, y si no daba tiempo a cargar antes de que comenzara a decrecer, había que esperar de nuevo a que el agua llenara el entrante y salir ayudándose de una berlinga para despegar el barco del fango.

Cargadero de la Gavilla, junto al muelle de la Calzadilla. Foto del libro Puerto Histórico y Castillo de Palos de la Frontera. Juan M. Campos – José Luis Gozálvez Escobar. La fotografía fue tomada a principios de los años 50.

Por aquella época las frutas, verduras y hortalizas de Palos eran muy apreciadas en Huelva, y era raro el día que no salía un barco cargado para su distribución y venta en la capital. Un día hubo que hacer un transporte en estos barcos de 42 cochinos que un vecino de Moguer había vendido a otro de Punta Umbría, y todos se negaban a meter los cochinos en su barco porque la peste que iba a quedar en las sentinas durante mucho tiempo, les impediría seguir con el transporte que habitualmente realizaban. Pero la localidad vecina necesitaba aquellos animales para criarlos para la matanza de invierno y guardar la carne para todo el año. Eran tiempos difíciles y había que asegurar las provisiones para el sustento.

La normativa en el transporte de estos animales no era tan rígida como lo es hoy, a pesar de los continuos brotes de la Peste Porcina Africana que entró a principios de los años 60 por la frontera portuguesa con Badajoz, propagando la enfermedad en la cabaña de cerdos de nuestro país durante más de treinta años.

 Rafael Pancho Gil, un pescador que también se dedicaba a estas faenas del transporte, además de fabricar y coser redes para los demás pescadores, llegó a un buen acuerdo económico con el vecino de Moguer y puso  uno de sus barcos, el Giralda, a su disposición para hacer el transporte de los puercos. Lo que no sabía Pancho era lo que le esperaba al llegar a Punta Umbría.

            Vararon en la orilla de la marisma, y cuando los cochinos desembarcaron y pisaron el fango, se sintieron en un paraíso y no había forma de sacarlos de allí. La lucha por llevar a los cochinos a tierra firme fue en vano, pues cuando Pancho y sus marineros trataban de cogerlos para sacarlos del fango, uno a uno, se les zafaban de las manos para volver corriendo a revolcarse en él. Tuvieron que esperar a la subida de la marea para que ellos mismos se fueran acercando a tierra por temor a quedarse enterrados en el fango de la marisma.

Durante mucho tiempo estuvo atracado al muelle el pesquero Lucio, propiedad de un armador de Bollullos, llamado Carrasco, que tenía varios barcos en Palos. Este hombre lo compró para dedicarlo a la pesca de la almeja, pero el barco resultó demasiado grande para esta faena y, a pesar de habérselo ofrecido a varios pescadores de Palos para destinarlo a otros menesteres, nadie le dio ninguna utilidad. El Lucio había sido un barco de arrastre y tenía un gran puente, unos 16 metros de eslora y un motor Volvo diésel de dos cilindros; un mastodonte difícil de gobernar que supuso un problema para su propietario que no veía la forma de deshacerse de él.

Cuando consideraron que aquel barco ya llevaba mucho tiempo estorbando en el muelle, lo sacaron a remolque y lo dejaron fondeado a la banda de levante, es decir, en dirección a Moguer. Más tarde el barco sufrió una vía de agua y se fue a pique. El pecio del Lucio sirvió de atracción durante muchos años para chavales de Palos, que aprovechaban las bajamares para sumergirse a investigar en el puente, el motor y la bodega. Era una aventura furtiva y apasionante que repetían cada vez que lo veían asomar a la superficie. El pecio del Lucio continúa descansando en el fondo del Tinto, apareciendo en las bajamares como una huella imborrable del pasado.

Otro de los atractivos de la Calzadilla para los chavales de Palos era la pluma de una grúa, un brazo que sobresalía del pantalán, de cuyo extremo se desliza un cable de acero con un gancho para izar o arriar las mercancías de los barcos. Los chavales trepaban hasta la pluma y desde allí se lanzaban de cabeza al agua, volviendo a practicar continuamente aquella operación.

El estraperlo o mercado negro era una práctica generalizada por todos los españoles carentes de recursos económicos, que se veían obligados a cruzar la línea de la legalidad para poder subsistir. Para el resto de la gente la figura del estraperlista no era repudiada, sino entendida como algo cotidiano y necesario; incluso las autoridades miraban hacia otro lado, permitiendo de algún modo aquella práctica ilícita. En Palos aún tienen muy fresco el recuerdo de aquellas estraperlistas que llegaban a la Calzadilla cargadas de canastos de pescado para venderlo a los vecinos de Palos, o hacer un trueque por chícharos o habas. Las estraperlistas ponían su puesto en la esquina de la calle San José con las calles Rivera, Plus Ultra, y la calleja de Quintina, donde se les agregaban dos personas de Palos que hacían de pregoneros: Antonio Molina y La Ramona, que a cambio se llevaban algunas brecas a sus casas.

Pero en Palos también había mujeres que iban a Huelva a estraperlear con los productos de la tierra y de la caza furtiva de aves de la laguna de Palos, además de hacer de recaderas para todos los vecinos de Palos que les solicitaban algo de la capital. Una anécdota muy sonada en Palos, fue la protagonizada por una estraperlista que pretendía cargar en un barco un saco de papas, camuflado en la funda de una almohada que llevaba abrazada a su pecho. El carabinero no tenía un pelo de tonto y se acercó a la señora para preguntarle por aquel bulto tan sospechoso: «Es el niño, que tiene mucha fiebre y lo llevo al médico de Huelva», respondió ella con mucha naturalidad. Aquel carabinero, que solía pasar por alto muchas de estas trampillas, no estaba dispuesto a que nadie le tomara el pelo de esa manera, y después de acercarse a la señora y descubrir un poco la funda de la almohada, dijo: «Miré, señora, dé usted la vuelta para el pueblo porque lo que tiene su niño son “paperas”».

Dentro de poco podremos volver a pasear por este muelle, asomarnos al Tinto y recordar con nostalgia aquellos tiempos pasados, ya que el Ayuntamiento de Palos de la Frontera contempla un proyecto de restauración del muelle de la Calzadilla, que estará terminado antes de 2017, para la conmemoración del 525 aniversario del Descubrimiento de América.                

José Antonio Mayo Abargues

EL LINCE EN LOS MONTES DE MAZAGÓN

 La ley establecía una recompensa de 3,75 pesetas por cada lince muerto

Foto: Antonio Montiel

Cazar un lince en los montes de Mazagón era tan lícito hace unos años como lo es hoy cazar un conejo. La caza del lince, ese felino en peligro crítico de extinción, ha pasado en pocos años, de ser una alimaña perseguida a especie protegida. Las principales causas de su desaparición se le atribuyen a la destrucción de su hábitat, la disminución de la población de conejos —su alimentación básica—, los atropellos y la caza o muerte provocada por diversos medios. Pero para saber algo más del motivo de su desaparición hay que remontarse muchos años atrás, cuando este animal fue considerado una alimaña y comenzó a ser perseguido.

La Ley de Caza de 1902 incluyó al lince entre las alimañas recompensando su captura, algo difícil de entender, ya que el lince no era un animal que abundaba como para tener que exterminarlo por equilibrio biológico, no suponía ningún peligro para el ser humano, y no representaba ninguna amenaza ni para el ganado ni para la agricultura. Esta ley permitía la eliminación de alimañas en cualquier época del año, utilizando todo tipo de medidas, y obligaba a los ayuntamientos a realizar batidas e incluso envenenamientos, estableciendo las recompensas que se debían pagar. La ley establecía una recompensa de 3,75 pesetas por cada lince muerto, recompensas que eran contempladas en las partidas presupuestarias de los ayuntamientos con el grado de “carácter prioritario”.

El lince nunca fue una pieza de caza de interés en nuestro país, dado que en aquella época las especies cinegéticas abundaban y este animal quedaba relegado a un segundo plano; aunque en algunos lugares como en Mazagón, su carne estaba catalogada como un manjar exquisito, y el olor del guiso de lince que desprendían las ollas de muchas chozas —no ya de Mazagón sino de todos los pueblos forestales limítrofes—, despertaba la secreción del jugo gástrico a propios y extraños, eso que vulgarmente solemos llamar: se me hace la boca agua. Una vez desollado y limpio, el animal se colgaba al sereno en las puertas de las chozas para orearlo y reblandecerlo, y al día siguiente su exquisita carne blanca era cocinada al fuego del carbón de leña.

El ejemplar de la fotografía que ilustra este artículo fue cazado en Mazagón en 1955. Los cuatro hombres que posan orgullosos junto al trofeo —que más que un lince parece un tigre por su enorme tamaño—, son de izquierda a derecha: el guarda forestal Antonio Montiel Rojas, el compadre de Montiel, Antonio, el cartero de Mazagón, Juan Rodríguez Delgado, y el guarda mayor, José Gómez Alfaro. La carne de este animal fue el plato estrella en el convite de la boda del guarda forestal, Alonso Martín Díaz.

La desaparición del lince empezó a ser más preocupante entre los años 50-60. El Decreto del Ministerio de Agricultura, de 11 de agosto de 1953, declaraba obligatoria la creación de las Juntas de Extinción de Animales Dañinos en el plazo de dos meses, a partir de su publicación en el Boletín Oficial. Las Juntas se debían constituir con carácter obligatorio en todas las provincias españolas. Estas entidades, además de compensar económicamente la captura de las alimañas, adjudicaban también un reconocimiento público en función de las piezas cazadas y del grado dañino de las mismas. A estas capturas orquestadas por el Estado hubo que sumarle también la comercialización de su piel, muy bien cotizada, que animó a los cazadores a poner el dedo en el gatillo para llevarla al mercado peletero. Y lo curioso de todo esto, es que la misma Administración Pública que antaño fomentó y premió su exterminio, realiza ahora inversiones millonarias para protegerlo.

En esta fotografía, que fue tomada por la pareja de la Guardia Civil de Mazagón, un lince adulto se refugia en lo alto de un pino al advertir la presencia humana. A este lince adulto le acompañaba otro adulto más junto con tres crías que salieron huyendo.

Afortunadamente, el 14 de julio de 1966 el Consejo de Pesca Continental, Caza y Parques Nacionales prohibió su caza en España, y desde 1985 la Administración del Estado, la Junta de Andalucía, y diversas ONGs realizan campañas para su conservación, contribuyendo a aumentar el grado de concienciación social.

Ver un lince hoy en los montes de Mazagón no es cosa fácil, aunque los amigos de la naturaleza, asiduos visitantes de nuestros parajes, que saben por las zonas donde campea, han tenido la oportunidad de encontrarse con él en más de una ocasión, luciendo ese collar de radiotransmisores por el que son localizados por los biólogos de Doñana.

Foto: Santi el Jefe

Este precioso ejemplar fue fotografiado por un vecino de Mazagón en el monte de Los Cabezudos. El felino no salió huyendo como era de esperar y se dejó fotografiar tranquilamente. Según información posterior del Departamento de Gestión del Lince de la Agencia de Medio Ambiente y Agua de la Junta de Andalucía, es una hembra de 12 años de edad llamada “Fraguel”.

José Antonio Mayo Abargues

EL HISTÓRICO MUELLE DE LA CALZADILLA

 Estuvo operativo hasta finales de los años 60

El Muelle de la Calzadilla en 1920. Foto del libro Puerto Histórico y Castillo de Palos de la Frontera. Juan M. Campos – José Luis Gozálvez Escobar

El Muelle de la Calzadilla fue construido en 1892, con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América, pasando a la historia el 22 de enero de 1926 como el muelle que despidió al hidroavión Plus Ultra, que al mando del comandante Ramón Franco Bahamonde, realizó la primera travesía aérea desde España hasta América. El próximo día 22 se cumplirán 95 años de aquella aventura transoceánica.

Este histórico y emblemático muelle, estuvo operativo hasta finales de los años 60, siendo una arteria importante en la comunicación de Palos de la Frontera con Huelva y Punta Umbría, como muelle comercial y de transporte de pasajeros, hasta la inauguración del Puente Sifón o de Santa Eulalia, que unió Huelva con la localidad de Corrales en 1969.

Las jábegas, barcos de origen fenicio, propulsados por una vela latina, fueron los primeros protagonistas de estas comunicaciones. Eran barcos muy veloces por su poca manga y calado, construidos artesanalmente por carpinteros de ribera a pie de playa, siguiendo la tradición transmitida de generación tras generación. Originariamente estos barcos navegaban a remo para las tareas de la pesca, pero más tarde se les incorporó un mástil y una vela latina para ser dedicados al transporte de mercancías. Las jábegas de Palos alternaban la pesca con el transporte de tejas y ladrillos fabricados en unos hornos próximos al muelle, para las primeras construcciones que se hicieron en Punta Umbría, una localidad tan cercana por barco y al mismo tiempo tan distante por tierra. Los barcos bajaban por el Tinto hasta la confluencia con el Odiel, para tomar rumbo a Punta Umbría a través de los esteros.

Jábegas en el cargadero de La Gavilla a principios de los años 50. Foto del libro Puerto Histórico y Castillo de Palos de la Frontera. Juan M. Campos – José Luis Gozálvez Escobar

La evolución de la arquitectura naval fue desplazando a las jábegas por otro tipo de barcos menos ligeros y de más eslora y calado, propulsados también por una vela latina, que eran empleados para las mismas funciones, además del transporte de frutas, verduras y hortalizas a Huelva y Punta Umbría. Junto al muelle se construyó una pequeña lonja para alijar el pescado y una garita para albergar a los Carabineros que controlaban la actividad comercial del muelle, así como el tránsito de pasajeros de las canoas de El Potaje y El Chino, que hacían la ruta de Huelva a Palos.

Los barcos más asiduos al muelle eran: La Balandra, Giralda, Hermanos Toscano, La Niña de los Peines, El Mundo, Isabelita, El cachorro, El Leal, y un antiguo barco carbonero llamado Lola, propiedad de la empresa Conservas Tejero que solía hacer la ruta de Palos a Almería. El Lola fondeaba enfrente del muelle porque era un barco de mucha eslora y no había suficiente calado para atracar en él. Desde el muelle se hacía la carga en pequeñas embarcaciones. Algunos de los nombres de estos barcos respondían al sobrenombre por el que los propietarios eran conocidos en la localidad.

Para la carga y descarga de los barcos se utilizaba una zorrilla, una pequeña vagoneta basculante de tracción manual que rodaba por unos raíles desde la entrada al muelle hasta el mismo pantalán. Pero la zona preferida por la gran mayoría de los barcos para las cargas y descargas, era un entrante de agua en la marisma, llamado La Gavilla, junto a la zona de poniente del muelle que llegaba hasta tierra y era de fácil acceso. Los carros, tirados por mulas llegaban hasta allí cargados de tejas, ladrillos, grava y arena, extraída de los campos de Palos para las construcciones de Huelva y Punta Umbría. En La Gavilla había que entrar con la marea llena, y si no daba tiempo a cargar antes de que comenzara a decrecer, había que esperar de nuevo a que el agua llenara el entrante y salir ayudándose de una berlinga para despegar el barco del fango.

El estraperlo o mercado negro era una práctica generalizada por todos los españoles carentes de recursos económicos, que se veían obligados a cruzar la línea de la legalidad para poder subsistir. Para el resto de la gente la figura del estraperlista no era repudiada, sino entendida como algo cotidiano y necesario; incluso las autoridades miraban hacia otro lado, permitiendo de algún modo aquella práctica. En Palos aún tienen muy fresco el recuerdo de aquellas estraperlistas que llegaban al Muelle de la Calzadilla cargadas de canastos de pescado para venderlo a los vecinos de Palos, o hacer un trueque por chícharos o habas. Las estraperlistas ponían su puesto en la esquina de la calle San Jorge con las calles Rivera y Plus Ultra, donde se les agregaban dos personas de Palos que hacían de pregoneros: Antonio Molina y La Ramona, que a cambio se llevaban algunas brecas a sus casas.

Estado del muelle en 2016. Foto: José A. Mayo

Este muelle, que se encontraba inaccesible desde hacía varios años por el deterioro del paso del tiempo, fue restaurado el pasado año por el Ayuntamiento de Palos de la Frontera, con el objeto de poner en valor uno de los atractivos turísticos más importantes de la localidad, dado su carácter histórico. El nuevo muelle tiene una pasarela de madera de 111 metros de largo y 2,5 de ancho y un embarcadero con dos escaleras laterales para el atraque.

Vista aérea de la fase de cimentación del muelle en enero de 2020. Sobre los pilares de hormigón armado, sumergidos a 20 metros, se colocó la estructura y la pasarela de madera. Foto: Ayuntamiento de Palos de la Frontera.

El muelle después de ser restaurado el pasado año. Foto: José A. Mayo 

José Antonio Mayo Abargues

EL FARO DEL PICACHO

 Se pensó en instalarlo en La Rábida

El Faro del Picacho está situado en una meseta arenosa que domina la margen derecha de la entrada a la barra de Huelva/José Antonio Mayo

Sus antecedentes se remontan al año 1844, cuando el jefe político de Huelva tramitó la petición para el establecimiento de dos luces en la embocadura de la ría que facilitasen la entrada a la misma de los buques procedentes de mar abierto. Aun sin fondos, la Comisión de Faros autorizó su construcción, que tenía que costear la Diputación Provincial. Poco después, por Real Orden de 20 de noviembre de 1858, se aprobó una propuesta conjunta para la adquisición de aparatos y construcción de albergue de los guardas de las luces de enfilación en las barras de Ayamonte, Huelva e Isla Cristina. La Real Orden de 16 de enero de 1861 dispuso que se cambiaran las luces antiguas por las nuevas en la enfilación de la barra de Huelva y el 1 de marzo de 1861 se encendieron dos luces fijas de color blanco situadas en el cerro del Puntal y sobre sendos postes adosados a las casillas de cada uno de los torreros que las atendían conformadas por faroles que albergaban lámparas de aceite de oliva.

Actual luminaria del faro/José Antonio Mayo
Por Real Orden de 13 de mayo de 1884 se señaló la construcción de un faro de 2º orden en la desembocadura de la ría de Huelva, el faro del Picacho. Finalmente, se redactó un proyecto reformado y el día 31 de mayo de 1898 salieron las obras a subasta. Resulta curioso que la Junta de Obras del Puerto de Huelva solicitara que el faro se instalara en La Rábida en el monumento que se levantó en conmemoración del IV Centenario, mientras que para habilitar a los dos torreros se propuso el convento próximo, pero el planteamiento no tuvo el efecto esperado por la angostura del hueco interior del monumento para subir los torreros y la distancia a la embocadura. Hasta el año 1891, el balizamiento nocturno del Puerto de Huelva estaba reducido a dos luces de enfilación existentes en tierra y que servían para señalar la entrada de la barra por la canal del Picacho, y una tercera luz, llamada de virada, cuya misión consistía, una vez pasada la canal, en indicar la alineación paralela a la costa que conducía al interior del Puerto.
El faro del Picacho es una torre octogonal, de 2,07 m. de lado, de sillería encalada, con bandas de ladrillos en los vértices. La altura del foco sobre el nivel medio del mar es de 52 m. y sobre el terreno 25. El proyecto de linterna y su óptica fue realizado en 1900 por Enrique Gadea. En él se indica que la apariencia será de grupos de destellos rápidos de los llamados de relámpago (primero en esta costa). Desde entonces su óptica ha empleado diversos sistemas. En 1925 se colocó una instalación de alumbrado de incandescencia, por vapor de petróleo. En 1931 una instalación Dalen y en 1949 se electrificó, alcanzando 42 millas en tiempo medio. Las características de luz actuales son: GpD (2 4) B, con un período de 30". La torre se halla adosada a la vivienda.

Fuentes consultadas:
· La Historia del Puerto de Huelva (1873-1930) Ana María Mojarro Bayo
· www.juntadeandalucia.es

José Antonio Mayo Abargues

EL CULTIVO DEL FRESÓN SE INICIÓ EN MAZAGÓN

 En la finca “Las Madres”

Laguna de Las Madres. Junto a esta laguna comenzó el cultivo de la fresa

La historia contemporánea del cultivo del fresón de Huelva arranca en los años 60, en las plantaciones experimentales (de claveles, espárragos y fresas) de “Sur Hortícola”, es decir, de D. Antonio Medina, en la finca “Las Madres”, situada en el término municipal de Moguer, y a poca distancia de Palos, en la carretera a la playa de Mazagón, junto a una laguna y a una turbera. En esos momentos el Sr. Medina no tenía claro todavía el aprovechamiento agrícola que le daría a la finca, de ahí los ensayos citados, y sólo existía, sobre un suelo arenoso y pobre de materia orgánica, la posibilidad de utilización del agua que, para poder extraer la turba, se venía tirando al mar por drenaje de la laguna. Y en esos ensayos se estaba cuando aparecieron las primeras plantas de una variedad de fresa denominada Tioga, que se venía cultivando en la finca “La Mayora”, en Vélez-Málaga, bajo la dirección del Dr. Bimber, en un consorcio hispano-alemán en el que España aportaba el centro experimental y Alemania los técnicos.

 Con esta planta californiana comenzó todo. En los años 70 se desencadenó en Palos una carrera frenética con el cultivo de esta variedad, suministrada en su mayoría por los viveros que empezó a crear el propio Sr. Medina (primero en la sierra norte de Sevilla y después en el Duero) y la firma Planasa.

Fueron los años en que el “Fresón de Palos” tomó carta de naturaleza en Sevilla y, sobre todo, en Madrid. La época en que los asentadores de la capital de España enviaban una y otra vez sus cajas de madera, con una tapa cada dos cajas y un atado para poder manejarlas. Aquellas cajas viajaron durante años de Palos de la Frontera a los mercados y viceversa.

La recolección de la fresa se hacía muy temprano, empezaba la faena al amanecer, para terminar alrededor de las dos de la tarde, hora en que había que situar la mercancía en las “cocheras” de los camiones, que emprendían seguidamente el camino hacia Madrid, adonde llegaba de madrugada, concretamente al viejo mercado de Legazpi, en el que la fruta era vendida. Se descansaba de recolectar el sábado y se volvía al trabajo el domingo, para las ventas del lunes.

Y fue en esos años, en la finca “Las Madres”, cuando el segundo camión recolectado en el día se empezó a desviar a Barcelona, abriéndose un nuevo mercado. También comienza la exportación a Europa y, seguidamente, la revolución en el cultivo: riego localizado, acolchamiento de los caballones con plástico negro y tunelillos de protección.

 Las plantaciones invaden las zonas industriales

Fuente: Sociedad Cooperativa Santa María de La Rábida (CORA).

Fotos: José Antonio Mayo