domingo, 25 de abril de 2021

La almadraba del Loro

En los años cincuenta del pasado siglo, los pescadores llegaban al Loro desde Almería, Lepe e Isla Cristina, dos meses antes de la temporada para calar la almadraba.

Esquema de una almadraba/José Luis González Arpide

La almadraba del Loro estaba situada a levante de la Torre del Río del Oro, popularmente conocida como Torre del Loro, en Mazagón. La técnica de esta pesca artesanal para capturar el atún rojo comenzaba en el mes de marzo y se prolongaba hasta el mes de agosto. El atún rojo de almadraba tiene un valor añadido, gastronómico, ambiental y cultural, y por su calidad se considera el “Pata Negra” del mar. Esta técnica de pesca se remonta a 3.000 años de antigüedad y su origen se le atribuye a los fenicios. Los duques de Medina Sidonia llegaron a explotar el negocio de esta pesquería desde Huelva a Gibraltar. En el asentamiento romano de Baelo Claudia, en Bolonia (Cádiz), hay vestigios de su trasformación en salazones.

 El arte de la almadraba es un laberinto de mallas mediante las que se acorrala y encierra a los atunes. Su estructura, formada por cables de acero está anclada al fondo, y la red se mantiene a flote con boyas. Hay varios tipos de almadrabas, pero todas funcionan bajo el mismo principio: aprovechar la conducta que presentan los peces frente a cualquier objeto que intercepte su camino y atraparlos en ese laberinto.

Las almadrabas tenían que estar señalizadas desde un punto perfectamente visible en tierra. Eran unas torres cilíndricas y huecas, construidas con ladrillos, de mayor a menor y terminando en forma de chimenea, que además de servir de atalaya para marcar la situación de la almadraba, eran el punto de referencia para calar las anclas al principio de temporada. Para ello se encendía una hoguera en su interior con ramas húmedas para provocar mucho humo y ser vistas desde alta mar para proceder al calado. En los acantilados del Asperillo, entre la Cuesta Maneli y el antiguo cuartel de Mata del Difunto hay una torre de marcación, que a pesar del paso del tiempo se encuentra bien conservada.

Marcación de la almadraba en los acantilados del Asperillo/José A. Mayo

En los años cincuenta del pasado siglo, los pescadores llegaban al Loro desde Almería, Lepe e Isla Cristina, dos meses antes de la temporada para calar la almadraba. Los primeros en llegar eran los capitanes; el primer capitán era de Valencia y el segundo de Santander. Y lo primero que hacían era ir al poblado de pescadores, ubicado en lo alto del acantilado, para hablar con Joaquín el de La Barca, un pescador de Lepe que se había instalado allí en 1924 para dedicarse a la pesca desde Mazagón hasta la desembocadura del Guadalquivir. Nadie mejor que Joaquín conocía esta parte de la costa y los cambios que las mareas provocaban en la morfología del fondo marino. En esta almadraba trabajaban varios pescadores de Lepe, entre los que se encontraban José Antonio Fernández Oria, el Pelao, sus hijos, José y Juan Fernández Ferrera, y tres tíos de éstos. La almadraba tenía varios encargados que dirigían cada uno a la gente de sus pueblos. El Pelao era el encargado de los pescadores de Lepe. 

Ser pescador almadrabero era un trabajo muy solicitado en aquella época y no era cosa fácil de conseguir: «Para entrar en la almadraba había que llevar una buena carta de recomendación, allí no entraba a pescar cualquiera, pero como yo era hijo del encargado me metieron muy joven», cuenta Juan Fernández Ferrera, el Pelao, que conserva gratos recuerdos de la almadraba, a pesar de la dureza del trabajo y de las calamidades que pasó.

Presenciar una levantá de la almadraba era un espectáculo maravilloso que nadie se quería perder. La levantá es la operación de levantar los atunes que han entrado en el copo de la almadraba para ser izados a las embarcaciones. Cuando el capitán de la almadraba considera que la concentración de atunes en el copo es buena, ordena la levantá, y las embarcaciones se abarloan sobre los corchos del copo y comienzan a elevar la red del fondo para llevar a los atunes hacia la superficie. Esta operación era motivo de una gran expectación entre los vecinos del poblado forestal de Mazagón, de las chozas de Bonares y de los diferentes asentamientos de esta población, que todos los años acudían al poblado del Loro para asistir a la levantá. Desde allí se lanzaba un cohete para avisar a uno de los barcos para que fuera a recogerlos a la orilla y llevarlos un par de millas más allá, donde se encontraba la almadraba para asistir al proceso de su captura. Los atunes eran transportados a Huelva por el vapor Martínez Campos y cuatro barcos más de motor: el César, el Pérez LilaEl Consorcio y el San Fernando.

Vecinos de Mazagón regresan de ver una levantá/Familia Joaquín Suárez

En las primeras levantás podían entrar ejemplares de tres metros de largo y más de setecientos kilos de peso. Los pescadores van jalando de la red hasta que el atún se queda prácticamente sin agua, y éste empieza a saltar desesperadamente, momento que aprovechan para engancharlos con un arpón por la cabeza y subirlos a bordo. El agua comienza a agitarse como si estuviera hirviendo por su aleteo y el cerco de la almadraba se tiñe de rojo por la sangre que brota de sus cabezas.

Momento de la levantá en la almadraba del Loro/Luis Claus

El Consorcio Nacional Almadrabero, al que pertenecía la almadraba del Loro, tenía contratado a Joaquín para recoger con sus barcos los flotadores de corcho que se soltaban de las relingas. Éstos eran retirados del mar y llevados a tierra para almacenarlos, apilándolos en distintos lugares; los buenos, los que se podían volver a utilizar eran devueltos a la almadraba, cobrando un real por pieza, y los que estaban más deteriorados se cargaban en un camión con destino a una fábrica de Algeciras para su posterior reciclado y transformación.

 Curiosamente, el poblado donde estaban instalados los pescadores de la almadraba del Loro estaba situado muy lejos de la zona, concretamente en el lugar conocido como La Cascajera, en la Isla Saltés. Tal vez aquello se debiera a un motivo estratégico de índole comercial, por la proximidad de la almadraba de Las Torres, calada en la isla vecina de Banco del Manto, y la almadraba de La Cinta, calada frente a la laguna de Las Madres; pero sin duda alguna no era el sitio más idóneo para los pescadores del Loro, que se tenían que desplazar varias millas para ir y venir a la almadraba. En La Cascajera estaba ubicado el real de las tres almadrabas; un poblado que albergaba a todos los trabajadores relacionados con esta industria, y que contaba con una gran infraestructura para el sostenimiento de la misma: dos naves dedicadas a almacén, calderas para alquitranar las redes y las amarras, una instalación para el combustible y un muelle de atraque, así como un cuartel de Carabineros que controlaban el tráfico de mercancías.

Plano de la Isla Saltés. A la derecha se puede observar el real de la almadraba/Instituto Oceanográfico. Archivo de la Biblioteca Nacional

Hoy esta pesquería tradicional está condenada a desaparecer por la proliferación de las granjas de engorde que han llegado a saturar el mercado nacional y japonés con un atún más graso y de inferior calidad.

José Antonio Mayo Abargues

Rompejato, el héroe palermo que emuló a Colón en 1962

 UNA AVENTURA APASIONANTE

En el año 1962, nueve arriesgados navegantes salieron de La Rábida para emular el viaje de Colón a América en la carabela Niña II, una nave construida a semejanza de las carabelas de Colón. Nadie se atrevía a apostar por ellos, pero la Niña II cumplió su objetivo porque a bordo de ella iban nueve hombres cargados de coraje y valentía. Entre ellos, José Ferrer Robles, Rompejato, un palermo con la audacia y valentía que tuvieron sus paisanos en 1492.

José Ferrer, a la izquierda de la foto, tomada en Las Bahamas. Foto Familia de Ferrer

            La carabela, que había sido construida en un astillero de Guetaria (Guipúzcoa), salió rumbo a Palos el 24 de agosto de 1962, al mando del capitán pamplonica, Carlos Etayo Elizondo. Partió con una tripulación escasa, ya que aquella carabela construida en el siglo XX, copia de la que llevó Colón en el siglo XV, ofrecía pocas garantías de conseguir su objetivo; lo que unido al poco atractivo económico que tenía la aventura, hacía desistir de la idea de enrolarse en ella a cualquier marinero que se acercaba a verla. Pero de haber tenido un aliciente económico, la aventura se hubiera visto desvirtuada.

La tripulación la componían ocho hombres: Carlos Etayo, teniente de navío de la Armada, capitán de la carabela y jefe de la expedición, natural de Pamplona. Antonio Sagaseta, sacerdote, natural de Pamplona. José Valencia, patrón de pesca, natural de San Sebastián. Antonio Aguirre, pescador, natural de Fuenterrabía (Guipúzcoa). Robert Marx, periodista y arqueólogo, norteamericano. Michel Vialars, veterinario, francés. Nicolás Bedoya, marinero y carpintero, natural de Ferrol (Galicia). Bedoya era un viejo lobo de mar, y el más viejo de toda la tripulación, pues había cumplido ya los sesenta y nueve años. Además, iba también como tripulante el periodista onubense, Jesús Hermida, que embarcó para hacer la travesía de Guetaria a Palos y conocer la vida de la carabela y así poder escribir con conocimiento de causa durante el resto del viaje. No fue posible reclutar a nadie más. Veinte días más tarde la Niña II llegaba a La Rábida, ante la expectación de numerosos curiosos que no daban crédito a lo que estaban viendo.

Una vez en La Rábida necesitaron que alguien se hiciera cargo de cuidar la carabela y contrataron de guarda a José Ferrer Robles, natural de Palos de la Frontera, conocido en su pueblo por el sobrenombre de Rompejato. A Ferrer le fascinaba la idea de la aventura y, desde un principio, quiso enrolarse en la carabela. El capitán le preguntó a qué se dedicaba, y él le dijo que en la actualidad era pescador de almejas y que, en otros tiempos, también había sido pastor. Ferrer había estado enrolado en varios pesqueros de motor dedicados a la captura de la almeja, por lo que no tenía ninguna experiencia en la navegación a vela. Lógicamente el capitán rechazó su solicitud. Hubo varios marineros de Palos que se presentaron en la carabela con intención de enrolarse en ella, pero cuando conocían las condiciones económicas que les ofrecían y veían aquella débil embarcación, se echaban atrás.

En esos días se embarcó un nuevo tripulante, y además, marino de profesión, un sevillano llamado Manuel Darnaude, que había estado en Guetaria presenciando la salida de la carabela y prometió embarcarse en Palos. Darnaude era piloto de la Marina y le apasionaba la navegación a vela.

El conjunto de instrumentos básicos con los que contaba la Niña II eran irrisorios, arcaicos y temerarios para enfrentarse a una travesía de esta envergadura: un sextante y un cronómetro para determinar la latitud y longitud, y una brújula. Para avisar a otros barcos de su presencia, en caso de niebla, utilizaron una caracola. Para el alumbrado llevaban candiles de aceite y velas de cera. La nave era gobernada por un sistema muy rudimentario: una pala en la popa accionada por una caña que, cuando la mar azotaba tenía que ser manejada por varios hombres. Todo se había dispuesto para emular el viaje de Colón en el siglo XX. Incluso escucharon misa en la Iglesia de San Jorge y hasta cenaron una noche en La Rábida ataviados con trajes del siglo XV, en el mismo comedor que cenó Colón la noche antes de su partida. La misa fue oficiada por el capellán de la carabela, Antonio Sagaseta. A este acto solemne y emotivo acudieron numerosos vecinos y las autoridades de la localidad encabezadas por su alcalde, don Manuel Maresca. Al final del acto fueron invitados por el Ayuntamiento de Palos a un desayuno. La particularidad de este viaje, lo que hizo que fuera más heroico, es que la Niña II no llevaba al lado a la Pinta ni a la Santa MaríaLa Niña II iba sola.

El hermano mayor de la Hermandad de la Cinta, Patrona de Huelva, regaló a la tripulación un mosaico con la imagen de la Virgen de la Cinta, con una inscripción de las súplicas que hizo Colón desde la carabela Niña cuando, de regreso de América, fue sorprendido por una tempestad en el Cabo de San Vicente. El superior del Convento de La Rábida, donó a la tripulación de la carabela una medalla y una imagen de mármol de la Virgen de los Milagros, ante la que Colón y los hermanos Pinzón rezaron antes de partir para América. Cuenta la historia que la imagen de la Virgen de los Milagros fue llevada por Colón en la carabela Santa María.

Durante la estancia de la carabela en aguas onubenses, los ayuntamientos de Huelva, Palos y Moguer, se volcaron con sus tripulantes de una manera extraordinariamente hospitalaria. Asimismo, contribuyeron con generosidad al abastecimiento de víveres para la expedición. Huelva regaló, entre otras cosas, higos, leña y carbón; Moguer surtió a la carabela de vino de la tierra y pan; Palos les regaló una gran cantidad de frutos de la tierra y treinta barriles de agua de la fuente de la Fontanilla, la misma fuente de la que se surtió Colón. El capitán tenía serias dudas con la elaboración del pan, por el endurecimiento de éste en la travesía Guetaria-La Rábida, y a pesar de que el panadero de Moguer le aseguraba que sus panes podían durar hasta dos años, el capitán no se fió y le encargó también ochenta kilos de harina, “por si las moscas”.

El 19 de septiembre de 1962, después de la misa oficiada por el capellán de la nave, Antonio Sagaseta, ante la imagen de Nuestra Señora de los Milagros, tuvo lugar la salida oficial hacia el Nuevo Mundo, con todas las banderas y gallardetes desplegados. Las autoridades civiles y militares de Huelva, una representación de la comunidad franciscana de La Rábida y un equipo de Televisión Española, embarcaron en una canoa para acompañar a la Niña II hasta la boca de la barra. La salida estaba prevista para las diez de la mañana, pero el capitán Etayo decidió salir una hora antes para aprovechar el viento que soplaba de popa en la bajamar, dejando con la miel en los labios a un marinero de Punta Umbría, llamado Indalo, experto en el manejo del timón que venía de camino hacia La Rábida para embarcar en la carabela; y a los vecinos de Palos que esperaban su llegada en el muelle de la Calzadilla. El adelanto de la salida no sentó nada bien a los vecinos de Palos, después de que su pueblo acogiera con una hospitalidad extraordinaria a los tripulantes de la carabela durante su estancia en La Rábida. Estos vecinos se habían dado cita a las diez de la mañana en el muelle de la Calzadilla, donde la carabela tenía previsto llegar remolcada por la canoa de los Prácticos, para iniciar desde allí su salida.

Los tripulantes de la Niña II izando el aparejo del trinquete. Foto: Herederos de Roberto Méndez Adalid Rowalls

La carabela llegó a la barra de Huelva a la hora prevista por el capitán, y el Gobernador militar, don Pedro Merry Gordon, fue el encargado de despedirla oficialmente, subiendo a bordo para desearles un feliz viaje y una exitosa aventura. Asimismo, todos los barcos que acompañaban a la embarcación la despidieron con insistentes toques de sirena, a los que la carabela contestaba con la primitiva caracola. La Niña II salió de la barra de Huelva con la vela cuadrante desplegada, en la que llevaba la Cruz Colombina y la inscripción “Santa Clara”, primer nombre que tuvo la carabela que mandó construir en la ribera de Moguer su propietario, el moguereño Juan Niño.

José Ferrer había pedido insistentemente ser admitido como tripulante en la carabela, pero el capitán quería marineros con experiencia capaces de enfrentarse a esa odisea. Y en el último momento, cuando el Práctico ya estaba a punto de despedirse, el capitán Etayo lo invitó a embarcarse en la Niña II. Ferrer no lo dudo ni un instante, subió a bordo con lo puesto, se quitó una llave que llevaba colgada al cuello y se la lanzó a su hermano que se encontraba en una embarcación pesquera próxima. Era la llave de un baúl donde guardaba todas sus pertenencias.

Tal vez el adelantar la salida no se debiera al aprovechamiento de las condiciones atmosféricas, sino a “un cabo que se había quedado suelto”. Etayo había estudiado detenidamente todos y cada uno los detalles del viaje de Colón, y no se le podía escapar que en la Niña II no había ninguna representación palerma, como ocurrió en 1492. El dejar en tierra al timonel de Punta Umbría, pudo ser algo premeditado. José Ferrer estaba predestinado para emular a sus paisanos de la gesta descubridora.

Colón había llevado en las carabelas, cabras, gallinas, cerdos y algunos animales más que fueron repartidos en las tres carabelas, tocándole a la Santa María llevar la mayor parte de ellos por ser la mayor de las tres. El viaje de la Niña II se tenía que asemejar todo lo posible al realizado por Colón, pero las dimensiones de la carabela eran demasiado reducidas como para meter un cerdo con el que tuvieran que convivir durante toda la travesía, respirando un hedor insoportable. Entonces pensaron en llevar únicamente dos animales, una gata llamada Linda y una cabra a la que bautizaron con el nombre de Pinzona. Y tal vez por estar más familiarizado con el trato de los animales por su antigua profesión de pastor, le tocó a José Ferrer ser el encargado del cuidado de estos dos animales. La cabra Pinzona desapareció por voluntad de la tripulación a mediados de noviembre; Michel y José Valencia fueron los encargados de hacer llegar su carne a una olla donde fue guisada, convirtiéndose en uno de los mejores manjares de la travesía. La gata Linda tuvo un final más incierto, pues nadie pudo dar cuenta de su desaparición. Se supone que cayó por la borda en un golpe de mar. Nada se supo de ella.

José Ferrer con la gata Linda y la cabra Pinzona. Foto: Familia de Ferrer

La Niña II cumplió su objetivo al llegar a San Salvador el 25 de diciembre de 1962, después de haber sufrido numerosas adversidades, entre las que se encuentra una avería del timón, que junto con la ausencia total de viento, retrasó el viaje cuarenta y dos días. Aunque el capitán Etayo aseguró que nunca estuvieron perdidos, las fuerzas aéreas norteamericanas fueron movilizadas para localizar a la carabela, que no daba señales de vida y se les suponía ya por perdidos en el océano. El día 30 de noviembre, un avión de la Marina de los Estados Unidos localizó a la Niña II y les lanzó una balsa salvavidas y una radio portátil, que no pudieron utilizar por sufrir una avería al caer al agua, además de una radio boya con la que terminaron comunicándose con el siglo XX, algo con lo que no estaba nada de acuerdo el capitán Etayo, ya que la aventura había perdido carácter. El avión les envió el rumbo y la distancia para llegar a la isla más cercana —isla Barbuda—, pero Etayo consideró que mientras no hubiera peligro para sus tripulantes, había que continuar con la aventura.

El día 3 de diciembre dos aviones sobrevuelan la carabela y les envía un mensaje para ofrecerles víveres. El capitán decide someterlo a votación, ganando el rechazo. José Ferrer fue uno de los que votó en contra de aceptar víveres, pero los que habían votado a favor no tenían muy buen aspecto y el capitán solicitó que los enviaran. Finalmente, después de luchar varios días para alcanzar San Salvador, que ya estaba a la vista, fueron arrastrados mar adentro y terminaron por pedir remolque a la base naval americana.

La Niña de Colón tardó en la travesía treinta y tres días, mientras que la Niña II lo hizo en setenta y cinco días, debido a esta avería. A su llegada a la isla los tripulantes fueron recibidos como héroes al haber realizado esta travesía trasatlántica.

 La llegada oficial tuvo lugar el día 26 de diciembre, ante un grupo de unas sesenta personas que esperaban su llegada en la playa. El primero en desembarcar fue José Ferrer portando el pendón de los Reyes Católicos. Después de desembarcar, los nueve barbudos tripulantes acudieron a la iglesia católica de Coch Burn Town, ataviados con trajes del siglo XV, donde el capellán de la nave, Antonio Sagaseta ofició una misa.

La prensa internacional hizo un amplio eco de la noticia de la arribada de la Niña II a San Salvador con espectaculares titulares y amplios reportajes como el publicado en el Everin Star, el periódico de mayor tirada en Washington, con el siguiente titular: «La Niña II completa el viaje que Colón hizo en 1492»; Le Monde (París) «La Niña ha llegado a las Indias Occidentales»; France Soir (Paris) «La Niña II ha hecho de nuevo, en setenta y cinco días, el viaje de Cristóbal Colón».

Aquella aventura no fue un reto competitivo, ni se trataba de batir un récor, sino de ampliar los conocimientos del viaje de Colón y estudiar las dificultades de la navegación en aquellas carabelas. La experiencia sirvió para desmontar algunas leyendas sobre las dimensiones de la carabela colombina. La Niña II se había construido con unas medidas considerablemente más pequeñas, aunque era demasiado inestable, debido al diseño de su obra muerta que provocaba fuertes balances y, como consecuencia de ello, la entrada de agua en la embarcación.

La vuelta a España de la tripulación se retrasó algo más de la cuenta por problemas económicos, pues dependían de la venta de la carabela para pagarse el traslado. Durante la estancia en Nassau se alojaron en los hogares de unos españoles residentes en la isla, y tuvieron la necesidad de cobrar las visitas a la carabela para recaudar fondos, pero aquello no daba para mucho. Más tarde se trasladaron a Nueva York y desde allí regresaron a España invitados por el trasatlántico Covadonga.

La Niña II fue vendida al magnate de la televisión mexicana, Emilio Azcárraga. La carabela fue llevada a Veracruz por su capitán, Carlos Etayo. Se instaló en una exposición en México y después quedó anclada permanentemente en Acapulco como atracción turística.

Según la lista de pasajeros, José Ferrer debería haber desembarcado en La Coruña pero, por algún motivo que se desconoce, continuó viaje a Bilbao, desplazándose luego a Madrid, para desde allí trasladarse a Huelva en un camión de la empresa Hermanos Vázquez, que subían con frecuencia a la capital a llevar almejas. En Palos recuerdan el día que llegó como un hecho histórico; Ferrer se había convertido en una persona importante, en un héroe, y tuvo un masivo y caluroso recibimiento por parte de sus vecinos, que esperaban impacientes su llegada en la calle Cristóbal Colón, una calle muy propia para este recibimiento.

Fue condecorado por el Gobierno de España con la prestigiosa Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica, una distinción que tiene por objeto premiar aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la Nación, o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la Nación española con el resto de la comunidad internacional.

José Ferrer Robles falleció el día 28 de agosto de 1974 a los 51 años de edad, víctima de un cáncer de laringe. Sus restos descansan en el cementerio de Palos de la Frontera.

En el primer aniversario de su muerte, el pueblo de Palos le rindió homenaje dedicándole una calle con su nombre y colocando una placa para perpetuar su memoria. La placa fue descubierta por el entonces alcalde de la localidad, don Urbano Cortegano López, en un acto al que asistieron las autoridades locales y numerosos vecinos.

Este artículo ha sido extraído del libro "Rompejato", de José Antonio Mayo Abargues. Fue publicado por la Comunidad de Regantes de Palos de la Frontera en marzo de 2016.

                                                                 José Antonio Mayo Abargues

LA VILLA DE PALOS PROHÍBE A LOS VECINOS DE MOGUER COMERCIALIZAR EN LA PLAYA DE MAZAGÓN

LA VILLA DE PALOS PROHÍBE A LOS VECINOS DE MOGUER VENDER Y DESCARGAR VINO EN LA PLAYA DE MAZAGÓN

Torre de Río del Oro

El 14 de julio de 1433, un año antes de su fallecimiento, la regidora del señorío de Palos, Doña Elvira de Ayala, prohíbe a los vecinos de Moguer vender y descargar vino en la playa de Mazagón, y así se recoge en un requerimiento notarial en la Sección de Nobleza del Archivo Histórico Nacional. Este documento que procede de los archivos de los Duques de Osuna, fue adquirido por el Estado, el 1 de diciembre de 1927, y trasladado al Archivo Histórico Nacional en marzo de 1995.

La Casa de Osuna, constituye una de las más prestigiosas casas nobiliarias españolas debido al gran número de títulos y propiedades que acumuló a lo largo de su historia, entre los que se encuentra el Marquesado de Gribaleón.

Doña Elvira de Ayala era hija del Canciller de Castilla, Don Pero López de Ayala, y viuda de Don Álvar Pérez de Guzmán, segundo Señor de Gibraleón y fundador de la Villa de Palos. Álvar Pérez recibió en 1379, de manos del rey Don Juan I de Castilla, las villas de Palos y Villalba, como compensación por haberle arrebatado las localidades de Huelva y Gibraleón para cederlas a la Casa de Medinaceli, consiguiendo del monarca el privilegio de eximir de cualquier impuesto real a las 50 primeras familias que se instalasen en Palos. Doña Elvira de Ayala prosiguió su labor hasta que murió en 1434, dejando la villa en manos de sus hijas, Isabel y Juana, que la heredaron a partes iguales.

Hasta ahora la primera constancia histórica en la que aparece el nombre de Mazagón estaba en un documento que data del siglo XV referido a una sentencia de Pedro de Malvenda en un pleito que enfrenta a Almonte y Niebla fechada en Sevilla en 1497. El requerimiento de la regidora de Palos a los vecinos de Moguer demuestra que el nombre de Mazagón se documenta mucho más atrás en el tiempo, justo 64 años antes de esta primera cita, y que en esta localidad ya había una actividad comercial con la venta de vino en las llamadas “Posadas”, habitadas, tal vez, por aquellos primeros pobladores dedicados a las faenas propias del mar como la pesca artesanal, que era su principal sustento.

Testimonio notarial del requerimiento realizado a petición de Elvira de Ayala, viuda de Álvaro Pérez de Guzmán, (Señor de Gibraleón), a los vecinos de Moguer para que no vendan ni descarguen vino en la playa de Mazagón, término que pertenece a su villa de Palos.

Ministerio de Cultura. Sección Nobleza del AHN. Osuna, cp.93,d.15

BREVE RESUMEN DE LA TRANSCRIPCIÓN DEL DOCUMENTO

        En la playa de Mazagón, término de Palos, que es de mi señora doña Elvira de Ayala, martes catorce del mes de julio de mil cuatrocientos treinta y tres, estando junto a las posadas de Mazagón a la hora de mediodía, Antonio Pérez Blanco, vecino de la villa de Moguer (En el documento aparece siempre escrito como Moger), apareció allí Alfonso González Garrido, alcalde de la aduana de Palos, en presencia de mí, Juan Sánchez, escribano público de Palos y su término, y de los testigos que al final de este testimonio serán escritos sus nombres. Alfonso González Garrido dijo por palabra a Antonio Pérez Blanco que bien sabía que por muchas veces otros vecinos y moradores de Moguer habían sido requeridos para que no metiesen vino a vender en la playa de la señora doña Elvira, y que después de este requerimiento todavía metían y vendían vino en la playa, en menosprecio de la señora doña Elvira, y que por quebrantar su tierra y término lo demandaba y que así lo dijesen y apercibiesen a todos los otros vecinos y moradores de la villa de Moguer.

        Antonio Pérez Blanco dijo por palabra que sabía que el alcayde de Palos que había defendido varias veces en nombre de la señora doña Elvira que los vecinos de Moguer no metiesen vino a vender en la playa. Y dijo que era verdad que había llevado a vender a la playa pan, corcho y un cuero lleno de vino.

      Testigos que fueron presentes: Juan Martín de Plaza, Pedro Benítez, Alfonso Rodríguez, Gonzalo Delgado, Andrés Fernández, y yo, Juan Sánchez, escribano del lugar de Palos por mi señora doña Elvira de Ayala.

José Antonio Mayo Abargues

Joaquín el de la Barca, el lepero que dio vida a Mazagón

Joaquín Suárez García, Joaquín el de la Barca, como se le conocía en Mazagón, nació en La Barca (Lepe) a principios del siglo XX, concretamente el 14 de enero de 1903, en el seno de una familia con una amplia tradición marinera. Su padre, Antonio Suárez, que era propietario de varios barcos en La Antilla (Lepe), fue el que le enseñó la dura profesión de la pesca a la que estuvo dedicado toda su vida.

Joaquín Suárez García, a la izquierda de la foto en el poblado del Loro, junto a Antonio Sánchez Pimienta, comerciante de la lonja de pescado de Huelva. Foto: Familia de Joaquín Suárez.

En 1923, Joaquín abandonó su Lepe natal con 20 años para ir a Mazagón, donde se instaló con su mujer en la playa de La Fontanilla. Allí construyó un poblado de chozas para albergar a los 60 pescadores que tenía a su cargo, poblado en el que estuvo viviendo poco más de un año, trasladándose después a la zona de la Torre del Loro. En el acantilado del margen izquierdo del arroyo construyó un nuevo poblado de chozas, en el que estuvo viviendo 40 años, éste aún más grande que el de La Fontanilla, ya que la plantilla de pescadores había aumentado considerablemente, llegando casi al centenar; pescadores que procedían de Lepe, Punta Umbría, Sanlúcar de Barrameda y de varios puntos de Portugal. No fue el único pescador que se instaló en estas playas en la primera mitad del siglo XX, ya que hubo más pescadores de Lepe que eligieron esta parte de la costa, rica en pesquería, pero sí fue el más importante en cuanto al volumen de trabajo que desarrollaba.

La vida en aquel poblado transcurría con las limitaciones propias de un pueblo retirado de la ciudad, pero no con demasiadas carencias. El agua, ese elemento tan imprescindible para la vida, la tenían a un tiro de piedra; bajando la cuesta del acantilado estaba el arroyo del Loro, del que se suministraban de agua potable con cántaros que subían hasta las chozas, y donde también lavaban la ropa en una pequeña charca que habían construido, por la que circulaba continuamente un agua salubre y generosa. La colada la tendían en los matorrales a ambos lados del cauce. Conviene aclarar que el nombre primitivo de este arroyo es, Arroyo del Oro, y la almenara donde desemboca, Torre del Río del Oro, aunque popularmente se les conozca como “Loro”.

Al otro lado del arroyo se encontraba el cuartel de la Guardia Civil, donde los guardias vivían con sus familias durante todo el año. Joaquín y su familia enseguida entablaron una buena relación con ellos, prestándose una ayuda mutua. La relación llegó a ser tan estrecha, que unos días se amasaba el pan en el cuartel para todas las familias, y el otro en la choza de Joaquín. Había una gran armonía y camaradería entre todos. Los guardias, recluidos en aquel destino aislado de la costa onubense que ellos no habían elegido, convivían todo lo alegremente que podían con las familias de pescadores, soñando que un día les llegaría la hora de la jubilación y podrían volver a sus pueblos con sus gentes.

El cuartel de la Guardia Civil del Loro fue Cabecera de Línea, con dependencia directa de la Compañía de Moguer o de La Palma del Condado, según diferentes épocas, y finalmente de la Comandancia de Huelva por orden jerárquico. La dotación del destacamento se dividía en dos grupos: Cabecera de Línea y Puesto. El primero estaba compuesto por un brigada, un corneta y dos guardias; y el segundo por un sargento, un cabo y siete guardias, en total, trece familias. Las dependencias estaban formadas por nueve pabellones, una sala de armas y una cuadra. Hasta su desaparición en 1982 hubo varios cambios de personal, así como de la caballería. En marzo de 1965, por fin llegó la modernización al cuartel y se dotó al destacamento de cuatro bicicletas, y un año más tarde de un vehículo Land Rover, un teléfono de campaña y una emisora, todo un lujo.

Los guardias soltaban a los caballos a primera hora de la mañana, y éstos corrían arroyo abajo hasta la playa, por donde trotaban durante todo el día, retornando ellos solos al cuartel al caer la tarde.

La hija del Brigada tenía un taller de costura en el cuartel, y las hijas de Joaquín, subían todos los días a coser y bordar. No les cobraba nada porque ya las habían considerado parte de la familia y, hasta celebraban las fiestas y las Navidades juntas. El día de San Joaquín las mujeres de los guardias hacían dulces para celebrar el Santo con él. En el cuartel nunca faltaba el pescado que Joaquín les regalaba a diario. Un pescador al que llamaban El Gorreta se encargaba de subir todos los días los cántaros de agua a las mujeres de los guardias, y éstas le daban a cambio un par de vasos de vino. Las mujeres de los guardias realizaban una buena labor social con los niños del poblado, pues eran ellas las encargadas de impartir la educación más básica, como era enseñarles a leer y escribir. A esta enseñanza se sumó también un carpintero de ribera de Lepe llamado Ignacio, el Morito, un hombre muy culto que sabía llegar a los más pequeños. Enseñaba por las noches, después de una larga jornada de trabajo. El correo postal lo recibían puntualmente todos los días; los guardias eran los encargados de llevarlo, de cuartel en cuartel, hasta la Punta de Malandar, frente a Sanlúcar de Barrameda.

En una de las chozas había instalada una pequeña cantina que era atendida por El Morito, donde los hombres iban a beber vino que procedía de Moguer y Almonte; después la cantina se convirtió también en tienda, que fue regentada por Juan Gómez, esposo de su hija María. Los víveres se los llevaban los arrieros cuando venían de vuelta de repartir el pescado, y una vez al mes hacían una compra en el economato de la Guardia Civil en Huelva. El camión que se encargaba de repartir los víveres por todos los cuarteles de la costa, les dejaba el pedido en el poblado.

En Las Atarazanas (El Asperillo) había un pozo al que nunca le faltaba el agua, y fue por eso precisamente, por lo que Joaquín decidió hacer allí un huerto para cultivar todo tipo de frutas y hortalizas de verano; todo menos las habas, porque terminaban comiéndoselas las perdices. Abajo en la playa había instaladas tres chozas que en invierno utilizaba como almacén para guardar las nasas y las redes; y en primavera y verano eran habitadas por pescadores temporeros de Sanlúcar que contrataba para la pesca. Estas personas se encargaban al mismo tiempo de la recolección de la fruta y hortalizas y de llevarlas al poblado del Loro. Aquellas chozas eran también un punto estratégico para almacenar la sal y distribuirla por varias zonas de pesca.

                Cuando alguien se ponía enfermo se presentaba un enorme problema, ya que suponía emplear un día entero para llevarlo al médico. Unas veces iban a Huelva en barco, y otras a Moguer, transportados por bestias y buscando los caminos más cortos. Francisca Morgado, esposa de su hijo José, recuerda que cuando iban al médico de Moguer, salían muy pronto por la mañana y regresaban ya de noche. Ese día había que aprovecharlo también para hacer las compras y todas las gestiones pendientes. «Si el médico te mandaba inyecciones —dice su hijo Joaquín—, teníamos que avisar a la mujer de un guardia que estaba estudiando enfermería para que nos las inyectara».

Aunque aquella era una zona en la que abundaba la caza de numerosas y apreciadas especies cinegéticas, incluido el lince, considerado alimaña en aquella época, los habitantes del poblado no iban mucho más allá de poner unas trampas para cazar algunos conejos para guisarlos con arroz, ya que se abastecían de la carne de los cochinos, cabras y gallinas que ellos mismos criaban en los médanos. La camarina, ese arbusto de poderes afrodisíacos y curativos en la medicina popular, utilizada en otros tiempos para curar las lombrices intestinales y bajar la fiebre, constituyó un alimento como fruto del bosque para los habitantes del poblado. La camarina habita en las dunas y zonas arenosas de todo el litoral atlántico, florece en primavera y da un fruto carnoso, de sabor ácido, con el que antiguamente se elaboraban licores y mermeladas. Los huevos de las gallinas del poblado tenían un sabor especial, pues este fruto era uno de sus principales alimentos nutritivos. La camarina está hoy en peligro de extinción, siendo Mazagón y Doñana uno de los últimos reductos donde más abunda.

Primer poblado construido por Joaquín en la playa de La Fontanilla. Foto: José Sánchez Serrano (Archivo Diputación de Huelva).

Las chozas de estos pescadores formaban parte de esa ancestral arquitectura popular, que hoy todavía se conserva en algunos lugares como testimonio de la vida tradicional del hombre en Doñana y su entorno. En su construcción se empleaban materiales de la propia naturaleza, como el barrón, la sabina, el enebro, la castañuela, el brezo y el bayunco, que conjugaban perfectamente con el entorno por su integración en el paisaje. Estos pescadores, fieles a la tradición, construyeron sus chozas de una planta rectangular, sobre un zócalo como base de la estructura de madera de pino, y una cubierta inclinada a dos aguas. Luego la recubrían con barrón, que era lo que más abundaba, cosiéndolo a la estructura y dejándola totalmente aislada. El pavimento era de albero compactado o corcha. Hoy podemos gastar un buen puñado de euros para calentar nuestra casa en invierno o bien para enfriarla en el verano, consumiendo una gran cantidad de energía que va en detrimento de nuestro medio ambiente. Sin embargo, la arquitectura de aquellas chozas estaba pensada para tener una temperatura confortable, fresca en verano y templada en invierno, sin necesidad de recurrir a otros remedios.

Es importante explicar la diferencia que existía entre el chozo y la choza. El primero era una construcción simple, hecha con materiales poco resistentes, que era utilizada para estancias cortas o bien para guardar materiales; mientras que la segunda era una construcción más sólida y fabricada concienzudamente para ser utilizada como vivienda habitual.

Aquel poblado estaba creciendo demasiado: nuevas parejas, nuevos retoños; bodas, bautizos y comuniones, que requerían la presencia de la Iglesia para predicar el Evangelio entre sus habitantes. Luis y Esteban, dos misioneros vascos, que ejercían su labor con ilusión y entrega, fueron los primeros en llegar por allí para mantener viva la fe cristiana de las familias de aquellos pescadores que vivían aislados de la ciudad. Llegaban por primavera y solían estar allí entre ocho y diez días, dependiendo de las actividades que tuvieran que realizar y del itinerario pendiente. Confesaban, casaban, bautizaban y daban la comunión a todos los habitantes del poblado. Al principio se improvisaba un altar en cualquier lugar del poblado para dar la misa, pero luego Joaquín mandó construir una choza que se dedicó exclusivamente al culto, y se instaló un altar que hizo el carpintero Ignacio, el Morito, en el que se colocó una imagen de la Virgen del Carmen que había sido regalada por el cardenal de Sevilla, José María Bueno Monreal, a través de los misioneros vascos. El suelo de este lugar sagrado era de corcha, y en el altar nunca le faltaban flores frescas a la Virgen, que las mujeres se encargaban de llevar andando desde las Casas de Bonares.

Las hijas de Joaquín, Carmen y Adelina, hicieron la Primera Comunión el mismo día en aquella capilla. Allí se casó también su hijo José con Francisca Morgado Martín, en el año 1955; y ese mismo día se casaron también una pareja de Sanlúcar y otra de Lepe, que llevaban un tiempo viviendo en “pecado” y fueron animadas por Joaquín a contraer matrimonio, aprovechando la ocasión. La ceremonia fue oficiada por el cura de Almonte. El convite de las tres parejas lo pagó Joaquín, y consistió en una gran variedad de pescado, como no podía ser de otra manera, y una arroba de vino que fue repartida entre los invitados en una lata de leche condensada.

Uno de los actos más emotivos que realizaron aquellos dos misioneros vascos, fue una misa que se celebró en alta mar, en el lugar donde estaba calada la almadraba, en presencia de la imagen de la Virgen del Carmen. A la misa asistieron las familias de los cuarteles y de los poblados de Mazagón. De vuelta a tierra, los asistentes acompañaron a la Virgen en procesión hasta la capilla del poblado.

La escolarización de los niños del poblado del Loro y del cuartel de la Guardia Civil, se repartió entre las escuelas de los poblados forestales de Mazagón y Abalario, a las que acudían andando; y más tarde en el colegio del poblado de Los Cabezudos en régimen de internos. Para ir a la escuela del poblado de Mazagón había que recorrer a diario un largo camino, que realizaban a pie por la playa hasta llegar a un sendero entre la playa de Rompeculos y el Parador que sube al poblado forestal. Sendero, hoy día oculto por la maleza, que en verano suele ser descubierto por los viejos conocedores de estos parajes para acceder desde el poblado a una de las playas más bellas del litoral onubense. Arriba en el poblado, propiedad del Patrimonio Forestal del Estado, les esperaba el maestro Don Francisco Díaz Torres, un alicantino que llegó a este poblado en 1954, cuando fue inaugurada la escuela, en la que ejerció durante quince años. En la escuela había 63 alumnos, entre niños y niñas de 6 a 14 años, predominando las niñas. Había otro grupo de alumnos de mayor edad que recibían clases por las tardes, pues en aquella escuela —la única que había en Mazagón— no sólo se atendía a los niños de los trabajadores del Patrimonio, sino también a los niños de los albañiles de Rociana y Bonares que trabajaban en la construcción en Mazagón, y a los niños de las familias del poblado del Loro. En la mayoría de los casos era el propio maestro el que se encargaba de su escolarización, y otras veces eran los padres los que solicitaban su ingreso. Muchas personas mayores del campo acudían por las noches a la escuela para que Don Francisco les enseñara lo más básico. Muchos de ellos aprendieron a firmar bajo la luz de los carburos, porque en aquel poblado no había luz eléctrica. La enseñanza reglada hasta los 14 años, allí era ampliada hasta edades indefinidas.

El maestro Don Francisco Díaz Torres con sus alumnos. Foto: Archivo de la Asociación Poblado Forestal de Mazagón (ASPOFOMA).

Aunque el sistema educativo de todas las escuelas de los poblados forestales: Mazagón, Abalario, La Mediana, Los Cabezudos y Los Bodegones, dependía directamente de las autoridades del Patrimonio Forestal del Estado, en éste se adivinaba, en forma de inspiración y de algún tipo de control ideológico, la mano de los jesuitas. No sería correcto decir que estas escuelas se pusieron en marcha como una forma de evangelización, es decir, que fueron concebidas como obras misioneras, pero sí sirvieron de vehículo para este fin. La sede central de las escuelas estaba en Los Cabezudos, desde donde enviaban instrucciones a los maestros diciéndoles qué era lo que tenían que hacer todas las semanas.

Joaquín fue un hombre de un gran poder económico y comercial, llegando a dirigir un imperio pesquero en las playas de Castilla, pues no sólo daba trabajo a ese centenar de pescadores, sino que además, creó numerosos puestos de trabajo, como eran el de los arrieros que transportaban el pescado con sus bestias en las jangarillas a Pilas, Almonte, Rociana, Moguer y Palos de la Frontera. El pescado llegaba a Huelva y a Sanlúcar a través de dos barcos de vela y uno a motor, El Cernícalo, patroneado por un hombre de Sanlúcar al que le apodaban El Cuervo.

Una tarde dieron aviso a Joaquín de que un grupo de personas que se encontraban de cacería se habían quedado atascadas con un vehículo en la playa. Éste ordenó a varios hombres que se acercaran a socorrerlos y llevarlos al poblado, y cuando llegaron allí la sorpresa fue mayúscula. Se trataba, nada más y nada menos que del Rey Alfonso XIII, abuelo del Rey Juan Carlos I, asiduo visitante de las tierras de Doñana por su afición a la caza. El Rey, que iba acompañado del conservero onubense José Tejero Vizcaíno, amigo íntimo, fue llevado junto a éste al poblado del Loro, donde fueron recibidos por Joaquín. Los hombres de Joaquín volvieron a la playa para retirar el vehículo y la caza y llevarla al poblado. «Habían cazado muchos ciervos y los colocaron todos extendidos en el suelo frente a la choza de mi padre», recuerda su hija María. El Rey durmió aquella noche en la choza de Joaquín, y José Tejero, muy conocido por los vecinos del poblado por sus frecuentes paseos por los médanos con la escopeta al hombro, fue llevado a Huelva. Al día siguiente, antes de partir hacia su residencia en Doñana, el Rey, en un gesto de agradecimiento metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de plata de cinco pesetas y se la regaló a su mujer. La familia sigue conservando esa moneda como un valioso recuerdo.

El 10 de febrero de 1964, Joaquín Suárez García fallecía a consecuencia de una enfermedad en el hígado que se lo llevó en poco más de un mes. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Palos de la Frontera. Sus familiares continuaron durante algún tiempo dedicándose a la pesca, hasta que, poco a poco se fueron desligando de ella para dedicarse a otras actividades. Algunos de sus descendientes se dedicaron al negocio de la hostelería, regentando en la actualidad los Bares el Choco de Ayamonte; los restaurantes El Choco; Torre del Loro, y la Cafetería La Cabaña, en Mazagón. 

Este artículo ha sido extraído del libro “Memorias de las Playas de Castilla: Joaquín el de la Barca”, publicado por Juan Sánchez Muliterno en mayo de 2014.

José Antonio Mayo Abargues

La Casa del Vigía en tiempos de guerra

Histórica foto de la construcción de la Casa del Vigía en 1906. Foto: Antonia Hernández Suárez

La Casa del Vigía fue construida en 1906, según el proyecto del ingeniero Francisco Montenegro, con el fin de ser utilizada para controlar el tráfico marítimo de la ría de Huelva, verificar los sondeos, las observaciones meteorológicas, el estado de la mar y las incidencias en la navegación. Fue el primer edificio de Huelva y probablemente de Andalucía, en el que se utilizó el hormigón armado.

Este edificio emblemático de la historia del Puerto de Huelva y de Mazagón, tuvo una participación activa en varios episodios que tuvieron lugar en esta parte de la costa durante la I Guerra Mundial, Guerra Civil Española y II Guerra Mundial.

En la I Guerra Mundial la almadraba de Nuestra Señora de la Cinta, calada frente a la laguna de Las Madres, muy próxima a la Casa del Vigía, fue el lugar perfecto para el escondrijo de los submarinos alemanes que se mantenían al acecho de los barcos que entraban y salían del puerto de Huelva. Los investigadores Enrique Nielsen y Jesús Copeiro recogen en el libro Huelva en la I Guerra Mundial, algunos de los episodios ocurridos en esta almadraba, de los que el vigía de la barra fue testigo directo.

El martes 12 de junio de 1917, a escasas cinco millas al suroeste de la barra de entrada al puerto de Huelva, el vapor noruego “Symra” de 3.005 Tm fue hundido por el submarino minador UC-53. El barco se dirigía de Liverpool a Gibraltar con un cargamento de carbón. El buque era de moderna construcción y estaba dotado de telegrafía sin hilos. Sobre las doce del mediodía fue divisado por un submarino alemán que le ordenó parar para examinar la documentación, tras lo cual, ordenó su desalojo. Siguiendo el ya conocido protocolo, después de embarcar la tripulación en los botes salvavidas, los alemanes colocaron cargas explosivas en el buque.

Veinte minutos después de la explosión, el “Symra” yacía en el fondo del mar. Media hora más tarde, la tripulación del buque noruego era remolcada por uno de los vapores al servicio de la almadraba “Nuestra Señora de la Cinta” que la trasladó a La Cascajera, lugar de ubicación del Real de la almadraba. Tras el hundimiento del “Symra”, el submarino alemán se aproximó tanto a la barra que el vigía pudo divisarlo perfectamente.

Ese mismo día el “UC-53”  volvía a protagonizar otro incidente en el mismo escenario con el buque italiano “Deipara”, pero este barco que estaba artillado, le hizo frente con su cañón hasta que el submarino terminó por sumergirse y desaparecer. Temiendo un nuevo ataque, el “Deipara” emprendió la huida, pero se acercó demasiado a la costa que quedó varado en un banco de arena, donde permaneció hasta la creciente de la marea.

Señalan estos investigadores en su trabajo, que los submarinos eran buques novedosos en el panorama marítimo de la época, siendo fácil confundir las maniobras propias de inmersión con un hundimiento.

Huelva era un punto estratégico muy importante en la Guerra Civil, y fue utilizada para suministrar armamento a los nacionales por vía marítima —numerosos mercantes alemanes e italianos transportaban camuflados entre sus cargas gran cantidad de material bélico—, para controlar el tráfico de mineral de Riotinto y para dar cobijo a barcos y submarinos que hacían escala para el avituallamiento en este puerto. Todo este tráfico marítimo pasaba frente a la Casa del Vigía, siendo controlado por la batería de costa del Picacho, una batería mal ubicada y poco eficaz, que tenía que ser auxiliada por la fuerza aérea de la base de Tablada (Sevilla). Ría arriba, en La Rábida, había otra batería de costa para tratar de impedir el acceso de los buques al puerto de Huelva, pero ésta era aún menos eficaz que la anterior, ya que estaba demasiado retirada de la línea de costa.

El 27 de agosto de 1936, el diario Odiel informaba de la detención de seis individuos que iban a bordo de una embarcación, junto a la Casa de los Prácticos, contigua a la del Vigía. Fueron sorprendidos a las cuatro de la mañana del día 26 por una escuadra marítima de Falange al observar una actitud sospechosa. El patrón resultó ser de Huelva y los cinco restantes naturales de Ayamonte y domiciliados en Huelva.

Interrogados por los falangistas, contestaron que iban a pescar, pero como la respuesta no les convenció, pues carecían de la correspondiente autorización de la Comandancia de Marina, fueron trasladados a Huelva y confesaron que un submarino republicano les había obligado a ser sus confidentes y a proporcionarles víveres y noticias de la situación en Huelva.

En la mañana de este mismo día, un destructor y un submarino republicano hundieron en la entrada de la barra, un barco de pesca, deteniendo a la tripulación, compuesta en su mayor parte por marineros de Moguer y Cartaya. Las baterías del Picacho dispararon contra los barcos republicanos, y éstos repelieron la agresión, cruzándose entre ambas partes numerosos cañonazos hasta que los barcos emprendieron la huida.

Era frecuente que los submarinos se acercaran a la costa de Huelva; unas veces con el propósito de aprovisionarse, ignorando que Huelva había sido tomada ya por las fuerzas nacionales, otras, para hundir o apresar algunos barcos. Al principio de la guerra la Armada republicana contaba con 12 submarinos, mientras que los nacionales no tenían ninguno, aunque no tardaría mucho en llegar la ayuda de Alemania e Italia para paliar esta carencia. Sin submarinos, Franco no podían hacer frente al tráfico mercante enemigo.

La guerra no había hecho más que empezar, y Huelva comenzaba a cobrar protagonismo en el conflicto. A las ocho y media de la tarde del 27 de agosto, dos aviones sobrevolaron la capital, alarmando a la población y a las propias autoridades locales que desconocían los motivos de esta operación. Como medida de seguridad se mandó apagar el alumbrado público, mientras se consultaba a los mandos militares de Sevilla y Cádiz, quienes respondieron que los dos aeroplanos estaban en Huelva en cumplimiento de un servicio. A las diez y media los aviones volvieron a volar sobre Huelva en dirección a la entrada de la barra para bombardear a un barco republicano. Las fuertes explosiones fueron escuchadas desde Huelva y Gibraleón, siendo la última la más potente.

Muelle del Vigía en los años 40. Estuvo operativo hasta el año 1963, que resultó dañado por un fuerte temporal. En el embarcadero vemos a la izquierda al guarda forestal, José Gómez Alfaro, y a su lado al encargado de la V División Hidrológica Forestal, Juan Pereira Pereira. Foto: Montemayor Gómez Hernández.

El 29 de julio de 1936, once días después de iniciada la guerra, el vigía fue testigo del bombardeo en la entrada de la barra de los cargueros Ita y Roberto Ramos, por parte una flotilla republicana encabezada por el crucero Miguel de Cervantes y el destructor Alcalá Galiano. El objetivo no era otro que el de bloquear el canal para impedir el abastecimiento a la provincia de pescado y comestibles, así como el tráfico de mineral de cobre de las minas de Riotinto, uno de los recursos más importantes de la economía nacional en aquella época, y que fue moneda de cambio para adquirir ayuda de países con regímenes políticos fascistas, como Alemania e Italia. Los proyectiles alcanzaron a los dos barcos que navegaban por el canal, echando a pique al Roberto Ramos y dejando encallado al Ita, fuera de la zona practicable del mismo, aunque no consiguieron cortar el tráfico marítimo. La agresión fue repelida por la aviación de la base de Tablada (Sevilla), mientras las respectivas tripulaciones abandonaban los barcos, momento en el que el vigía de la barra pudo observar desde el torreón, a través de los prismáticos, cómo una canoa huía a toda velocidad para terminar refugiándose entre los barcos republicanos. Más tarde se pudo comprobar que las válvulas de inundación de los dos barcos habían sido abiertas para facilitar su hundimiento.

El Ita, de 89 metros de eslora por 12,55 de manga, corría el peligro de ser desplazado al centro del canal por los embates del mar y, por tanto, dificultar o impedir la navegación. Había que retirarlo de allí en el menor tiempo posible y, aunque los trabajos para su rescate comenzaron el mismo día, se prolongaron durante una semana, operación que fue seguida desde tierra por numerosos curiosos. Una vez reflotado fue enviado a Cádiz para ser reparado.

En la inspección realizada posteriormente al Roberto Ramos, las autoridades de Marina, decidieron que no valía la pena intentar ponerlo a flote por el mal estado del casco que no resistiría mucho más tiempo el azote de las olas.

Según cuenta el investigador Jesús Copeiro en su libro “Espías y neutrales: Huelva en la II Guerra Mundial”, a pesar de la supuesta “neutralidad” de España durante la II Guerra Mundial, la Casa del Vigía jugó un papel importante en el espionaje y sabotaje de los barcos aliados. La información que el vigía enviaba a Huelva: partes de incidencias habidas, entradas y salida de los barcos, tiempo atmosférico, estado de la mar, etc., era utilizada por el telefonista del puerto de Huelva, Miguel Garzón Castaño, falangista e integrante de una red de espionaje alemana al servicio de Adolfo Claus Kindt, jefe del servicio secreto militar alemán (Abwehr) en Huelva, y el responsable de las acciones de espionaje, contraespionaje y sabotaje contra los intereses británicos. Miguel Garzón trabajaba en los altos de las oficinas de la comisaría del puerto, allí estaba el cuarto de los guardas y la habitación aparte de la centralita telefónica para la barra y zona interior del puerto. Mediante un teléfono de manubrio y a través de una línea interior, Garzón mantenía contacto con el vigía de la Barra que le facilitaba esta información. 

Era el único teléfono que había en Mazagón por aquellos tiempos, ya que hasta 1970 no se comenzó a instalar la línea para la utilización de todos los ciudadanos, a instancias del Ayuntamiento de Moguer; un medio de comunicación, que junto al recién inaugurado puente del Tinto, vino a dar vida a esta población aislada de Huelva.

                                                                             José Antonio Mayo Abargues