miércoles, 12 de mayo de 2021

HISTORIAS DE LOS MARINEROS PALERMOS EN EL BUQUE ESCUELA “JUAN SEBASTIÁN DE ELCANO” (II)

 LUIS BOCANEGRA GONZÁLEZ

Tarjeta de identidad de la Armada/Luis Bocanegra.

Luis Bocanegra González, Uchy, es un palermo que lleva la mar en sus venas, ya que desciende de una familia con una amplia tradición marinera. Su abuelo Luis era propietario de los barcos que se dedicaban al transporte de personas y vehículos a través del río Tinto. El padre y el tío trabajaban también en este transporte, y él comenzó achicando el agua de los transbordadores. Bocanegra tuvo la oportunidad de navegar en el Elcano durante la novena vuelta al mundo (1996-1997), coincidiendo con el 70 aniversario de la botadura del buque en Cádiz (1927), recorriendo 30.000 millas y cruzando los canales de Panamá y Suez. Fue marinero de reemplazo, pero eligió como voluntario el destino para hacer el Servicio Militar en este buque. En el Elcano se alistaban siempre marineros voluntarios que elegían destino, pero si después de hacer una selección faltaban marineros se recurría a cualquier marinero de reemplazo.

 No fue cosa fácil, pues para alistarse en el Elcano había que superar numerosas pruebas físicas y un exhaustivo reconocimiento médico para evaluar las aptitudes como marineros. Después de 15 días de instrucción en San Fernando, de un grupo de 200 marineros fueron seleccionados 40 y enviados al Elcano, donde hicieron las pruebas psicotécnicas y psicotrópicas y pasaron por la prueba definitiva, que era la de subir a la cofa, a cerca de 40 metros de altura, y el que no era capaz de subir quedaba rechazado.

Fue el LXVIII Crucero del Elcano, partiendo de Cádiz el 8 de diciembre de 1996, al mando del capitán de navío don Sebastián Zaragoza Soto, regresando al mismo puerto el 17 de agosto de 1997. El itinerario que realizaron fue el siguiente: Cádiz, Santa Cruz de Tenerife, San Juan de Puerto Rico, Balboa, San Diego, Honolulú, Osaka, Manila, Bangkok, Port Victoria (I. Seychelles), Alejandría, Melilla y Cádiz.

 La vida en el Elcano no era fácil, los marineros debían estar dotados de unas excelentes cualidades físicas, mentales y, sobre todo de un gran control emocional para poder superar las largas y duras travesías. Hay una frase que los veteranos transmiten a todos los novatos: El que no sepa rezar, que vaya por esos mares y ya verá que pronto lo aprende, sin enseñárselo nadie. «Había que estar muy preparado y yo me había mentalizado para lo que me esperaba —comenta Bocanegra—. En Cabo Verde desembarcó un cabo que se partió la espalda y se quedó minusválido, y en Japón desembarcó otro cabo primero que ya venía con problemas y se volvió loco, perdió la cabeza; y otros dos marineros más que no pudieron soportar la dureza de la travesía. Fueron nueve meses embarcados, y sin pisar tierra estuvimos 32 días. Los últimos tres meses que cogimos el Índico entero y todo el Mediterráneo fue durísimo».

 El periodo obligatorio del Servicio Militar era de nueve meses, pero Bocanegra hizo diez meses como marinero de reemplazo y fue contratado como marinero auxiliar desde el primer día que embarcó en el Elcano. «Cobraba 78.651 pesetas de sueldo base, más el 175% por navegar en aguas internacionales. Desde que salimos de Canarias ya empezamos a cobrar el plus de aguas internacionales. Yo ganaba un buen dinero para aquella época, más de 200.000 pesetas, una pasta. Y como a mitad de la travesía me pusieron de cabo escuadra, que era el encargado del armamento en la guardia de tierra, me pagaban también un dinero extra». Bocanegra subía hasta 45 metros de altura, porque era el encargado del estay, de la escandalosa del mesana y del mantenimiento del palo. Las jarcias del mesana había que cambiarlas cada mes, porque los cabos eran de cáñamo embreado y como allí daba la chimenea del motor los cabos se quemaban con el tiempo. Subían en calzonas y zapatillas, con un simple cabo amarrado a la cintura; ahora se sube con arnés y trajes reflectantes, la seguridad se ha extremado al máximo.

El Juan Sebastián de Elcano saliendo de Cádiz el 8 de diciembre de 1996 para iniciar la novena vuelta al mundo/Luis Bocanegra.

«La disciplina en el barco era fundamental para la buena convivencia, ya que íbamos a bordo 275 tripulantes. Se trabajaba duro. Los callos que yo tengo en las manos son del “Elcano”; la barandilla del mesana la lijé y pinté ocho veces. A todo el bronce que había en el barco teníamos que sacarle brillo. Te hartabas a limpiar y luego el agua salada y la humedad de la noche los volvía a poner negros. Me acuerdo que cuando llegamos a Panamá fui a una farmacia y compré un bote de vaselina para proteger el bronce durante la noche, luego me levantaba muy pronto para quitar la vaselina sin que nadie se diera cuenta; un trabajo que era para todo el día, en una hora lo tenía terminado. Mi truco no pasó desapercibido, pues un oficial se había dado cuenta y un día mandó limpiar todos los metales y echarles una capa de vaselina para que estuvieran brillantes cuando llegáramos a puerto. El baldeo al ritmo del chiflo lo hacían los de guardia, y nos levantábamos a las cinco de la mañana para baldear durante tres horas, pero si había arrestados éramos sustituidos por ellos. Solía haber muchos arrestos, por cualquier tontería te podían arrestar: una pequeña discusión con alguien, por llegar unos minutos tarde a tu puesto de trabajo, etc. Había una disciplina muy rígida. En el barco había varios civiles contratados por la Armada, que eran profesionales imprescindibles a bordo: maestro velero, peluquero, calafateador, carpintero, maestros de cocina, el cura, y la banda de música. La banda de música, los maestros, el médico y la enfermera, que era la única mujer que venía a bordo, estaban exentos de las maniobras generales; los cornetas sí acudían, porque muchas veces daban las órdenes con la corneta. En la maniobra general, que es como el zafarrancho de combate, todos teníamos que estar en nuestros puestos en cinco minutos, siguiendo las órdenes del chiflo del contramaestre. La banda tocaba por la mañana la música de entrada para la oración, y por la tarde, cuando se bajaba la bandera se tocaba la música para la efemérides del día, y luego media hora de orquesta hasta después de la cena, que nos íbamos todos a la cama».

Bocanegra fue bautizado durante la fiesta del rey Neptuno, una ceremonia en la que se bautiza al marino que cruza por primera vez el Ecuador. El bautismo consiste en meter la cabeza en un tonel de agua, luego eliges un nombre y recibes un diploma acreditativo de tu paso por el Ecuador. Según la tradición de los antiguos piratas, Bocanegra estaría legitimado para lucir un aro en su oreja por haber cruzado por primera vez el Ecuador. «Teníamos tres comidas al día y la subsistencia era muy importante. Había tres cocinas, una para la marinería y cabos primeros, situada en la cubierta de abajo, una para suboficiales y la otra para los oficiales y guardiamarinas, en la zona de la mesana. Tú no podías entrar en esos compartimentos, eran una zona prohibida para la marinería. Si tenías amigos en la cocina de oficiales o suboficiales, les podías sacar algo extra, algunas veces le pagaba a uno para que me diera un bistec y una cerveza. Yo era íntimo amigo del ayudante del contramaestre, que tenía la llave de la bodega de proa, donde estaban los jamones y los quesos que iban para las recepciones de las embajadas, y cuando teníamos guardia de noche nos escapábamos con la navaja bien afilada y le metíamos mano.

 Lo más sorprendente y agradable del “Elcano”, es que era una embajada flotante y en todos los sitios éramos bien recibidos. La gente española que venía a vernos se volvía loca. Éramos patria en distintos países, además, la tripulación se volcaba por agradar a los españoles que nos encontrábamos en todos los países, porque se les veía la cara de felicidad, pues cuando subían a bordo y pisaban la cubierta tenían la sensación de estar pisando un trocito de España, su tierra, su pueblo».

Luis Bocanegra trepando por un cabo/Luis Bocanegra.

«Salimos de San Diego con mal tiempo con rumbo a Hawái; el canal de San Diego es como el de Huelva, aunque más corto, y justo cuando estábamos en la penúltima boya de la salida del canal, a media milla de la salida, con una mar impresionante se averió el timón del barco, el del puente, y pasamos al servo de popa, con la mala suerte de que también se averió y hubo que trabajar con el timón manual, que lo tienen que manejar entre siete u ocho personas. Tuvimos que anclar el barco, tirando el ancla de estribor para que el barco se aproara a la mar y se tuvo que levantar la mesana para aproar el barco al viento, mientras se pasaba del servo al manual. Ya venía un remolcador de camino porque la situación en el canal con la mar que había era delicada. Mientras estábamos tratando de reparar el timón, el barco le dio a una de las boyas y tuvimos que hacer una maniobra general, una de las más duras que yo viví, teniendo que levantar a medio gas todas las velas, ayudado con el motor y siete marineros agarrados al timón manual. Yo iba en el mesana y lo estaba viendo todo, lo primero que pensé es que nos íbamos a hartar, nos estaba entrando agua por la proa, el barco anclado ya fuera del canal y sin timón ninguno hasta que conseguimos que pasaran al manual, nos llevamos tres o cuatro horas con ocho tíos agarrados al timón hasta que conseguimos repararlo. No fue necesaria la ayuda externa, ya que a bordo iban más de quince profesionales capaces de reparar cualquier avería. Cuando las condiciones del viento no eran buenas y el barco no llegaba a alcanzar a vela los tres nudos mínimos, hacíamos navegación mixta poniendo en marcha el motor, porque había que llegar a los puertos en los plazos que estaban establecidos. Era un motor diésel, que alcanzaba una velocidad máxima de 10 nudos.

La travesía más dura fue la de Cádiz a Las Palmas. Llegamos tarde a Tenerife porque cogimos un Sur impresionante y rompimos el bauprés, que es el palo de proa que lleva los foques. Nos azotaba un mar de cabeza y tuvimos que ir capeando el temporal. El bauprés es un mástil que sale desde el casco del barco a proa, parte del pañol del contramaestre donde hay una peste a brea insoportable, ya que todos los cabos almacenados allí estaban embreados y cada vez que el barco cabeceaba entraba toda el agua en la proa del barco, entonces se empezó a llenar de agua todo el pañol, llegando el agua hasta el techo. Las bombas que había a bordo no daban abasto y se tuvieron que meter varios marineros a sacar el agua a cubos. Yo como era nuevo, de reemplazo, no me dejaban hacer maniobras en cubierta, el trabajo de cubierta era para los “tirillas” los profesionales —se les llamaba así porque se distinguían por una tirilla roja en el uniforme—, pero yo pedí permiso al suboficial, Juan Vidal para echar una mano, y me dejó entrar. Estuve seis horas allí metido con un olor insoportable a brea, que por momentos era mareante. Vino el segundo de a bordo y me dijo que me saliera porque era ya mucho tiempo soportando aquel olor y sacando cubos de agua, y luego me invitó a comer en el comedor de oficiales. Cuando terminé me volví a meter y estuve doce horas sacando agua, y así fue como me gané el puesto de cubierta. Al llegar a Tenerife dijeron que los de reemplazo tenían que ir dentro del barco haciendo labores en la cocina, lavandería, zapatería, oficinas, etc. Las labores de cubierta las hacían nada más que los “tirillas” y los guardiamarinas. Los marineros no podíamos disfrutar de las espectaculares llegadas a los puertos. Navegar en el “Elcano” es algo apasionante que te curte como persona y te deja una huella imborrable para toda tu vida».

Luis Bocanegra sigue viviendo en Palos de la Frontera, en la calle que lleva el nombre del Gran Almirante, y es técnico de la Escuela de Vela Palos-Cepsa.

Este artículo fue publicado en el periódico Palos Punto Cero en marzo de 2016

José Antonio Mayo Abargues

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lunes, 10 de mayo de 2021

HISTORIAS DE LOS MARINEROS PALERMOS EN EL BUQUE ESCUELA “JUAN SEBASTIÁN DE ELCANO” (I)

José Bogado Rodríguez


El Buque Escuela Juan Sebastián de Elcano con todas las velas desplegadas /Antonio Guerra.

Desde la gesta del Descubrimiento de América hasta nuestros días, los marineros de Palos de la Frontera han sido protagonistas de numerosas hazañas y aventuras por todos los mares y océanos de nuestro planeta. Entre ellas se encuentran las vividas a bordo del buque más emblemático y simbólico de la Armada española, el Juan Sebastián de Elcano. Son muchos los marineros palermos los que han formado parte de la historia de este vetusto velero bergantín-goleta, realizando cruceros de instrucción o dando la vuelta al mundo y que dedicaron una parte de sus vidas al buque escuela de la Armada Española, como marineros de reemplazo o profesionales.

José Bogado Rodríguez, el Grillo

José Bogado Rodríguez, el Grillo, como le conocen en esta localidad, tuvo la fortuna de realizar un crucero de nueve meses continuados como marinero de reemplazo, a bordo de este buque que fue escuela de Reyes, ya que el Rey Juan Carlos de Borbón y su hijo el Rey Felipe VI, realizaron allí el crucero de instrucción en el puesto de guardiamarina en los años 1958 y 1987, respectivamente. Bogado recuerda como si fuera ayer, el día que le comunicaron que tenía que embarcar en el Elcano. «Yo estaba haciendo la mili en Cádiz, ya había jurado bandera y superé unas pruebas para zapatero; de veinte zapateros sólo las pasamos dos. Me quedé en el Arsenal y luego me destinaron, también de zapatero, al “Minador Marte”, que estaba atracado en el Arsenal de La Carraca. Cuando me avisaron me encontraba en la casa de mi maestro, el que me enseñó la profesión de zapatero, que se había ido de Palos a vivir a Cádiz, a San Severiano. Había llegado una orden de Capitanía al “Minador Marte”, y el cartero sabía muy bien cómo localizarme. Me dijo que tenía que preparar ligero el saco porque al día siguiente me tenía que embarcar en “el barco de los palos largos”. Ya me habían concedido el mes de permiso y ese mismo día pensaba venirme para casa, pero me fastidiaron. Me presenté en el barco y el capitán, don Emilio Haya, me dijo que el permiso que ya tenía firmado quedaba suspendido porque tenía que embarcar sin más remedio en el “Elcano”. No se me olvidará nunca, ese día estaban echando en el barco la película “Botón de Ancla”».

         Fue el vigésimo noveno crucero del Elcano, uno de los viajes más largos de este buque sin ser la vuelta al mundo, recorriendo 28.459 millas. Salieron de Cádiz el 2 de septiembre de 1956, al mando del capitán de fragata D. José R. González López, regresando el 13 de julio de 1957, después de haber realizado el siguiente itinerario: Cádiz, Santa Cruz de Tenerife, Dakar, Río de Janeiro, Recife, Puerto España, Cristóbal, Pearl Harbour, San Francisco, Monterrey, San Diego, Balboa, Nueva York, Norfolk, Marín y Cádiz.

Buque Minador Marte, primer destino de José Bogado/Archivo de la Armada

Bogado pasó más de un mes vomitando todo lo que comía, lo pasó muy mal, estaba siempre mareado y tirado en cubierta. «Un día el brigada de maniobras, un gallego que se llamaba don Manuel Tauriño, me vio tirado en un rincón de la cubierta y me llevó a la enfermería para que me reanimaran, porque me tenía que subir al palo donde tenía mi puesto en las maniobras. El primer día me subieron amarrado con dos cabos; después le fui perdiendo el miedo y ya empecé a subir yo solo. Tiene guasa subirse allí arriba…». Bogado ejercía su profesión como zapatero y no participaba en otras labores, excepto en las guardias, que le tocaba baldear la cubierta a golpe de chiflo (silbato), y cuando tocaba maniobra general. Reparaba las botas de toda la tripulación y, cuando estaban en tierra limpiaba las botas de los oficiales y suboficiales. 

        «En Nueva York, un día no quise salir y me quedé a bordo, y estaba yo tendido en la cama cuando escucho por los altavoces que me presente en el Cuerpo de Guardia. Cuando llegué allí me dijo el cabo que me presentara en la oficina del jefe de guardia, un teniente de navío que se llamaba don Guillermo Carrero Pichot, hijo del almirante Carrero Blanco. Don Guillermo me dijo que había un paisano mío en tierra que me quería ver. A mí me extrañó mucho, pero le dije que subiera para ver quién era. Y resulta que era un muchacho de Huelva que se había criado en Palos, hasta que a su padre lo desterraron del pueblo por un jaleo que tuvo con el alcalde. Yo no lo conocía, y él a mí tampoco. El muchacho había ido de polizón en un barco, pero lo pillaron cuatro veces y lo mandaban de vuelta a España, hasta que a la quinta se quedó y encontró trabajo en una grúa del muelle, y cada vez que llegaba un barco español subía a bordo a hablar con la gente. Echaba de menos su tierra… Me preguntó que de dónde era, y yo le dije que era de Huelva, de Palos de la Frontera. Me miró con cara de desconfianza y me dijo que yo no era de Palos. Me eché a reír y le dije que yo era de Palos de toda la vida. Entonces me preguntó que si sabía cuántas panaderías había en Palos, y yo le dije que dos, la de “El Torlo” y la de Juan Hernández. Luego sacó una fotografía de la cartera y me dijo que si reconocía a alguno de Palos en ella, le dije que sí, que el que estaba a la derecha era José Rodríguez Rodríguez, “el Portugués”, que también había navegado en el “Elcano”. No contento con eso me dijo que si yo era de Palos tenía que haber conocido a José “el Yankee”, le contesté que sí, que a “El Yankee” le había cortado una pierna el tren y que todo el mundo lo conocía en Palos. Se abrazó a mí llorando de alegría y me dijo que “El Yankee” era hermano de su padre y que a su familia la apodaban “El Mono”. Él se llamaba Antonio Quiriqui.


José Bogado, el Grillo, tercero por la derecha, en una comida ofrecida a los marineros del Elcano en Nueva York.

Mientras estuvimos allí venía todos los días con su mujer y dos cochazos que tenían a recogernos a todos los de Huelva para llevarnos de paseo por Nueva York. Él ganaba mucho dinero en el muelle con eso de las grúas. Echaba mano a trabajar a las seis de la mañana y a las doce ya estaba listo». Bogado no puede evitar la emoción al relatar este inolvidable encuentro y por momentos se le quiebra la voz. «En mi rancho estábamos el peluquero y yo, y todos los demás eran cabos. Nos llevábamos muy bien con ellos, fíjate que hasta nos lavaban las gavetas de la comida. Cuando aquello yo cantaba “medioregular”, y había otros más de Huelva que sabían cantar, y uno que tocaba la guitarra, en total éramos ocho. Cuando había misa el páter nos llamaba para cantar; y el comandante, que era muy aficionado al flamenco, también nos llamaba para que le cantáramos. Le organizábamos muchas fiestas a bordo. Mi vida en el “Elcano” fue muy dura los primeros meses, pero gracias a este viaje he recorrido el mundo, he conocido a mucha gente y he vivido experiencias que nunca olvidaré».

José Bogado Rodríguez sigue viviendo en Palos de la Frontera y disfruta en la actualidad de su merecida jubilación.

Este artículo fue publicado en el periódico Palos Punto Cero en febrero de 2016


José Antonio Mayo Abargues

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domingo, 9 de mayo de 2021

ENTREVISTA A HILARIA GONZÁLEZ MARTÍN

 

Supermercado Casa Hilaria, en la calle que lleva su nombre

Hilaria González Martín, ya fallecida, fue una de las primeras personas que habitó Mazagón. Hoy tiene una calle con su nombre junto al negocio que fundó y que ahora regenta su familia: “CASA HILARIA”. Jesús Ramírez Copeiro del Villar, investigador histórico y autor de diversos libros, entre los que se encuentra Espías y neutrales: Huelva en la II Guerra Mundial, entrevistó a Hilaria González Martín en enero de 1998.

Faro del Picacho

Transcribo el texto del original que gentilmente me facilitó Jesús Ramírez Copeiro.

Mazagón, 13 de enero de 1998

Hilaria González Martín, nacida en Encinasola el 9 de agosto de 1911, reside en Mazagón desde 1920.

Durante la guerra civil existió un campo de prisioneros republicanos junto al faro del Picacho. Se trataba de un recinto rodeado de altas alambradas que albergaba un gran número de soldados del ejército republicano, entre los que había médicos y maestros, de distintas provincias y regiones, entre ellos catalanes. Habitaban en barracones de madera y chozos de pasto, lo usual en esta zona como vivienda. Todos los días salían para trabajar en la construcción de la carretera del Faro a Palos, una carretera de tierra en un principio.

Búnker en la avenida Conquistadores

 Había dos Baterías de artillería de Costa emplazadas en Mazagón y dependientes del Dpto. Marítimo de Cádiz. Una situada cerca del Faro, la otra situada a la salida de la carretera que va a Huelva (actualmente sigue con soldados). Los búnkeres de hormigón de la playa se construyeron durante la Segunda Guerra Mundial. Había diversos cuarteles y puestos de Carabineros a lo largo de la costa, eran estos (nombrados a partir de Huelva capital):

Torre Arenillas, Los Caños, Picacho Mazagón, Torre del Oro, Asperillo (de chozas, los demás de fábrica), Mata del Difunto, Torre la Higuera, y El Inglesillo. En el del Picacho vivían un cabo y cuatro carabineros con sus familias. El cuartel de Carabineros del Picacho estuvo hasta 1937, en su lugar se construyó el Cuartel de la Guardia Civil que es el actual existente en Mazagón. El padre de Hilaria se jubiló en 1940 en el ya Cuartel de la Guardia Civil de Mazagón.

Jesús Ramírez Copeiro del Villar

sábado, 8 de mayo de 2021

El poblado forestal de Mazagón


El poblado forestal de Mazagón fue construido en los años de la posguerra para albergar a los trabajadores del antiguo Patrimonio Forestal del Estado, que se dedicaron a reforestar el bosque. Las primeras viviendas fueron chozas de juncos, pero en la primera mitad de los años 40 se construyeron las casas que existen en la actualidad, y que pasaron más tarde a formar parte del Instituto Andaluz de Reforma Agraria (IARA). Por aquella época se construyeron también los poblados de Los Bodegones, El Abalario (ya desaparecidos), Los Cabezudos y La Mediana, que se encuentran totalmente en ruinas.

Los vecinos del poblado de Mazagón vivieron en condiciones precarias durante muchos años, alumbrándose con carburos, ya que la luz eléctrica no llegó hasta el año 1971, y acarreando el agua de un pozo distante de sus viviendas; aunque contaban con una escuela, un economato y una cantina. El de Mazagón es el único poblado que se conserva en buen estado y está habitado durante todo el año por algunas familias.

El primer fin de semana de mayo Mazagón celebra su romería en honor de la patrona de la localidad, la Virgen del Carmen, que es trasladada en peregrinación hasta la ermita del poblado, donde las reuniones de familias y amigos disfrutan de una fiesta organizada por la Hdad. de Romeros del Carmen.

En el año 2010 los antiguos habitantes del poblado constituyeron la Asociación Poblado Forestal de Mazagón (ASPOFOMA), cuyo objetivo es la restauración, conservación y defensa del poblado y su entorno, y su promoción como espacio público de interés social, cultural, educativo y medioambiental.

Escondido entre los pinos, y apenas visible desde la carretera que une Mazagón con Matalascañas, el poblado forestal de Mazagón, una de las señas de identidad de esta población, se resiste a desaparecer.

José Antonio Mayo Abargues


miércoles, 5 de mayo de 2021

EL PERO VÁZQUEZ, UN BARCO CON HISTORIA

Realizó la travesía de Palos de la Frontera a Baiona la Real, con un arcaico sistema de navegación, para hermanar por mar a estos dos pueblos

El Pero Vázquez, ondeando la bandera de Palos de la Frontera, en el momento de la salida del muelle de La Rábida hacia Baiona la Real.


La curiosidad por este barco se pegó en las retinas de Ernesto Pérez Domínguez, a través de los cristales de la ventana de la antigua Escuela Náutica de Huelva, donde estudiaba para patrón en el año 1979. En las bajamares se divisaba en la Isla de Bacuta, frente al aula donde estudiaba, el casco de un antiguo barco hundido y clavado en la arena fangosa del otro lado del río Odiel. Una mañana, Ernesto, decidió cruzar el río para inspeccionar de cerca al protagonista de la fantasía que rondaba por su cabeza desde hacía algunos meses. Comprobó que el hundimiento había sido provocado por dos agujeros que tenía en el pantoque y que en su interior había más de tres toneladas de piedras con hormigón que habían servido de lastre para la estabilidad de la embarcación, por lo que su reflotamiento no iba a ser tarea fácil. El barco resultó ser la canoa Cibeles, propiedad de la Naviera del Odiel, con la que Ernesto hizo trato para adquirirla en marzo de 1980, por un valor de 10.000 pesetas. 

Recuperar aquel barco y hacerlo navegable era una idea que ni al más demente de los terráqueos se le hubiera ocurrido, pero Ernesto, que es un especialista en hacer realidad los sueños, se puso manos a la obra y en pocos días ya estaba flotando en la superficie. Esperó una bajamar de alto coeficiente para que el barco quedara completamente al descubierto, achicó el agua con una bomba, tapó los agujeros del pantoque con madera, goma y fango, y la salida del eje de cola, ya que carecía de él; más tarde, cuando subió la marea lo remolcó con el pesquero Mariscos Moguer nº 6, pegándolo a su costado para llevarlo hasta el muelle de La Reina, en La Rábida.

Al llegar al puente de Colón tuvieron que esperar a la bajamar porque el Mariscos Moguer pegaba con el palo en el puente; aquellas horas se hicieron eternas, pues la canoa Cibeles seguía filtrando agua por el pantoque y el eje de cola y hubo que achicar sin cesar para evitar el hundimiento en medio del río, donde ya no habría posibilidad de volver a recuperarla. Ya en el muelle de La Reina dejaron que las vías de agua  la hundieran cerca de la orilla, donde quedó amarrada por la proa a un eucalipto, y anclado al río por la popa. Un mes más tarde comenzaron los trabajos de restauración de aquel barco al que Ernesto registró más tarde en la lista de embarcaciones deportivas, con el folio 5º HU-3-1616, y le puso el nombre de Pero Vázquez, en honor al marino palermo, Pero Vázquez de la Frontera, gran experto como navegante en la Armada portuguesa, que animó a Cristóbal Colón y a los hermanos Pinzón a realizar el viaje del descubrimiento de América.

La restauración fue una obra faraónica, pues en el muelle todavía no había ni agua ni luz eléctrica, lo que dificultó y atrasó mucho los trabajos. Se limpiaron los lodos, se retiró el lastre de hormigón, se desmontaron los tanques, el motor y el puente, dejando solo la maquinilla del timón y un tambucho o guardacalor  para el motor. Después se sanearon los agujeros del casco, que se calafateó y carenó para hacerlo estanco. Para ello, Ernesto contó con la colaboración desinteresada de numerosos amigos a los que recuerda con cariño y nostalgia. Fueron necesarios cuatro años para que el barco quedara completamente restaurado y comenzara a navegar con un motor de 1.500 kilos, demasiado lento porque tenía 60 CV, y una velocidad rotatoria de 1.500 rpm, que solo alcanzaba 5 nudos de velocidad; un motor restaurado que había sido desechado de un pesquero, por el que pagó 40.000 pesetas.

Jorge Gómez Trisac, en la puesta en marcha de la “nueva” máquina del Pero Vázquez

El comienzo de su Cuaderno de Bitácoras, dice: Tras una larga restauración que duró cuatro años, por fin arrancamos la máquina y salimos de prueba en enero de 1983. Al principio todo eran problemas, no teníamos puente, el timón a popa y todas las bombas perdían agua. Como rezón tuvimos que improvisar un rastro sin copo hasta que conseguimos uno.

Fue el 11 de febrero de 1983, cuando el Pero Vázquez se hizo a la mar por primera vez para dedicarse a las faenas de la pesca, una pesca no profesional, dado que el barco estaba registrado como yate y no podían vender el pescado en la lonja. «Hemos salido del muelle de La Rábida a las 3:50 horas. Viento Norte flojo. A favor de corriente doblamos el faro del espigón, rumbo 180º. A las 5:10 horas el viento es fuerte al cambio de la mar. Poca pesca, cabrachos, burros y algunos chocos».

Se puede decir que el objetivo de recuperar aquel barco, ponerlo en marcha, y mantenerlo navegando durante algunos años, fue un reto personal sin ningún interés económico, ya que todos los beneficios que obtenía con la pesca eran invertidos en su costoso mantenimiento.

Cuando el Sirius, barco insignia de la organización ecologista Greenpeace impidió en 1986 que los buques Nerva y Niebla vertieran en aguas del Golfo de Cádiz 1.000 toneladas de residuos tóxicos de la fabricación de dióxido de titanio, los marineros de Palos no quisieron ser ajenos a esta barbaridad ecológica y se unieron al Sirius, a bordo del Pero Vázquez para abordar a estos dos buques y abortar el vertido; primero por propia convicción sobre los efectos nocivos que esos vertidos tenían sobre el ecosistema, y porque ponía en peligro la supervivencia del sector pesquero, medio de vida de numerosas familias palermas.

La proa del Pero Vázquez enfilando al Nerva, mientras los activistas de Greenpeace intentan darle alcance para encadenarse en la popa.

En 1986, siendo alcaldesa de Palos, doña Juana Pérez Romero, surge la idea de la Corporación Municipal de hermanar por mar las localidades de Palos y Baiona la Real, hermanadas oficialmente por tierra desde marzo de 1977, con motivo de la arribada de la carabela La Pinta en esta última localidad en marzo de 1493 tras el viaje a América. Para realizar esta histórica travesía fue elegido el Pero Vázquez, que en aquel momento no contaba con una tripulación estable, pero fueron necesarios solo unos días para que Ernesto reclutara a cuatro marineros de Palos, dispuestos a emprender esta travesía de hermanamiento con Baiona y rendir homenaje a la tripulación de la carabela La Pinta. Los cuatro tripulantes que fueron capitaneados por Ernesto Pérez Domínguez, fueron: Jorge Gómez Trisac, Manuel Cumbrera Gómez, Manuel García Pizarro, y Juan Manuel Coronel Rojas. Contribuyeron a la financiación del viaje, el Ayuntamiento de Palos con una aportación económica, Mariscos Rodríguez con todos los víveres necesarios para la travesía de ida y vuelta, y el Fresón de Palos pagó el combustible.

El 2 de julio de 1986 el Pero Vázquez partía hacia Baiona, ante la gran expectación de numerosos vecinos de Palos que se habían dado cita en el muelle de La Reina para despedir a los cinco tripulantes que iban a llevar la bandera de Palos 500 millas más allá de la Cuna del Descubrimiento.

El material de navegación lo componían cinco cartas náuticas que cubrían toda la costa desde Palos hasta Baiona, un transportador de ángulos, un lápiz y una goma. Los modernos sistemas de comunicación con el que cuenta hoy cualquier embarcación por muy pequeña que ésta sea no existían entonces, pues no había GPS ni teléfono móvil; simplemente llevaban una emisora de corto alcance que de poco les sirvió. Los tripulantes, expertos en la navegación a vela, adaptaron al barco un rudimentario velamen que funcionó perfectamente. Tardaron algo más de lo previsto en llegar a su destino, porque un temporal los sorprendió antes de doblar el Cabo de San Vicente, arrancando de cuajo la ventana del puente y obligándolos a entrar en Sagres.

Muchos alimentos perecederos se echaron a perder, ya que el barco no llevaba frigorífico, y a la vuelta hubo que hacer un acopio de nuevas provisiones. La administración económica no funcionó todo bien que debiera y el cocinero se tuvo que ajustar al escaso presupuesto con el que contaba. Entre los víveres que había conseguido reunir se encontraba una mortadela con un sabor algo raro, que, aunque no paso desapercibido para la tripulación, tampoco le dieron demasiada importancia, hasta que un día descubrieron entre la basura el motivo de aquel extraño sabor, al ver que en la lata que había contenido la mortadela aparecía la cara de un pastor alemán y debajo el texto: Mortadela para perros.

Contar todos los detalles de aquel viaje sería una historia demasiado larga, pero a modo de anécdota hay que comentar que cuando hicieron escala en Lisboa, les obligaron a amarrar debajo del Puente 25 de Abril, donde nadie quería atracar porque era imposible conciliar el sueño por el estrepitoso ruido que provocaban los coches al rodar por su pavimento metálico. Atracaron junto a un barco, cuyos propietarios eran unos traficantes de armas con poco futuro que arrastraban más hambre que el perro del “afilaó”. Les ofrecieron pistolas y municiones, y hasta un Kalashnikov por 20.000 pesetas, toda una ganga. La tripulación del Pero Vázquez sintió lástima por ellos y les invitaron a comer durante los tres días de su estancia en Lisboa.

El Pero Vázquez navegando hacia Baiona

El 9 de julio de 1986, los cinco marineros palermos entraban en aguas gallegas, un poco desorientados, ya que no llevaban ni radar ni sonda. Ya próximos a Baiona se acercaron a un barco que estaba pescando pulpos para preguntarle si iban bien encaminados, el patrón les marcó un rumbo para guiarlos hasta la Piedra de los Lobos, frente a las Islas Cies, para enfilar después las Islas Estelas, recomendándoles que no se pegaran mucho a la costa porque había muchas piedras: «Las Islas Estelas son como las tetas de una muller», dijo en un gallego cerrado el patrón del barco pulpero.

Con aquella imagen de Las Estelas, y dando rienda suelta a sus fantasías sexuales, los marineros del Pero Vázquez llegaron al puerto de Baiona la Real, donde les esperaba una comitiva municipal. Subieron a bordo, entre otros, el concejal José Manuel Marcote y el alcalde Benigno Rodríguez Quintas “Chicho”, para darle un efusivo abrazo a la tripulación. Más tarde fueron recibidos en el Ayuntamiento, en el que Ernesto, en representación de toda la tripulación y del pueblo de Palos de la Frontera entregó una placa conmemorativa al alcalde, en presencia de la autoridad de Marina.

Ernesto Pérez Domínguez, entregando la placa conmemorativa al alcalde de Baiona, Benigno Rodríguez Quintas, en presencia de la autoridad de Marina.


José Antonio Mayo Abargues

lunes, 3 de mayo de 2021

EL NAVÍO RAYO SIGUE HUNDIDO EN ARENAS GORDAS

 El Rayo, uno de los navíos españoles que lucharon en la batalla de Trafalgar, en octubre de 1805, continúa hundido en la playa de Arenas Gordas.

FOTO: Carlos Parrilla.  https://laamericaespanyola.wordpress.com

El Rayo fue construido en La Habana en 1749, y varó en la orilla en la zona de Arenas Gordas el 21 de octubre de 1805, a causa de un temporal de Levante. Los restos del buque fueron descubiertos en 2003, por un equipo de la Universidad de Huelva en el que participaron historiadores, arqueólogos, buzos e informáticos, y posteriormente se realizó una prospección cuyos resultados fueron entregados a la Junta de Andalucía en 2004.

El buque se encuentra hundido a seis metros de profundidad, y a tan sólo trescientos metros de la costa. Según Claudio Lozano, jefe del equipo de investigación, la posibilidad de reflotar el buque es impensable, debido a que se trata de un barco de 3.500 toneladas de peso, mientras que la zona a estudiar tiene un kilómetro cuadrado. El Rayo es diferente a otros barcos hundidos, ya que no está íntegro y tiene restos muy dispersos.

El Rayo, era un navío de primera línea construido en 1749 en los astilleros de La Habana, capaz de desplazar 1.750 toneladas, con 53 metros de eslora y 14,5 metros de manga. Este barco, que en principio fue un navío de línea de dos puentes con 80 cañones y que luego fue reformado para la batalla y se le añadieron otros 20 más, estuvo al servicio de la Real Armada en el Mediterráneo al mando del comandante Barceló en la campaña contra la República Corsaria de Argel hasta los prolegómenos a la batalla de Trafalgar.

 Tras batirse en combate contra los ingleses en esta batalla formando parte de la flota franco-española, fue desarbolado y embarrancó en la Playa de Castilla dentro de la zona conocida como Arenas Gordas en el entorno del Parque Nacional de Doñana.

Aunque no todos los barcos españoles y franceses se hundieron el mismo día de la batalla, un gran temporal que se levantó en la zona al día siguiente provocó que los barcos que estaban dañados o desarbolados como El Rayo se hundieran.

Según Claudio Lozano, la importancia de este hallazgo es que es el primer barco español que aparece de la batalla de Trafalgar, ya que de esta batalla han aparecido otros franceses e ingleses, pero nunca ninguno español, además de ser uno de los barcos mayores de la flota franco-española tras el Santísima Trinidad.

Lo que queda del navío español es un enorme casco que se corresponde a su gran estructura, con piezas de artillería, el balasto, que era la piedra que llevaba el barco para ser compensado, y mucho material militar.

 El estado de conservación del barco, según el arqueólogo, es medio, la dinámica litoral es lo que más le ha afectado al estar en una zona donde el mar bate mucho y el barco se ha ido rompiendo y fragmentando lentamente, sin embargo todas las piezas que se conservan bajo el lecho marino presentan un magnífico estado de conservación.

Claudio Lozano ha denunciado el expolio al que se está viendo sometido el Rayo, ya que veinte de los cien cañones del barco han desaparecido, mientras que el resto se encuentra diseminado por el lecho marino. Lo mismo ha ocurrido con algunos clavos del barco, de bronce y 160 centímetros de longitud, que han sido robados. En 2005 un temporal dejó parte del barco a la vista, e incluso provocó que algunos restos del buque llegaran a la playa, aunque después la propia marea se encargó de cubrir el buque de nuevo. Precisamente, este mismo año, El SEPRONA recuperaba un cañón en un domicilio particular, que presumiblemente había pertenecido a la artillería del Rayo o del Monarca, otro barco de la batalla de Trafalgar hundido por esta zona. El cañón se encontraba en una vivienda de Mazagón donde el poseedor lo tenía como adorno en su jardín, sin conocer con exactitud la procedencia del mismo.

Foto: Huelva Información

Una vez que los agentes de la Guardia Civil informaron al poseedor del cañón, sobre las circunstancias que rodeaban al hecho, éste accedió voluntariamente a la entrega de la pieza, por lo que se confeccionó un acta, quedando a disposición de la Delegación Provincial de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía en Huelva, en aplicación de las Leyes de protección del Patrimonio Histórico.


Fuentes consultadas:
 www.andaluciainvestiga.com
 www.informativoscanalsur.com
 Agencia EFE
 Huelva Información

José Antonio Mayo Abargues

EL NAVÍO MONARCA, HUNDIDO EN ARENAS GORDAS

 

FOTO: http://codigopgt.wordpress.com

El Monarca, un navío de la Armada Española que participó en la Batalla de Trafalgar en 1805, fue arrastrado por un temporal hacia la playa de Arenas Gordas y se hundió entre las torres vigías de La Higuera y El Asperillo.

Fue construido en El Ferrol en 1794, y contaba con 74 cañones.

Dimensiones:

Eslora- 190 pies de Burgos

Manga- 52"

 Puntal- 25"

Arqueo- 1.640 toneladas

El Monarca cargó víveres para 90 días y agua para 100, a razón de 700 plazas. La tripulación embarcada en Trafalgar fue de 642 hombres, de los que murieron 100 y otros 150 resultaron heridos. Al mando del barco estaba el capitán de navío D. Teodoro de Argumosa.

El 21 de octubre de 1805, el Monarca se bate en duelo a muy corta distancia con los navíos ingleses Mars y Tonnant, sufriendo muchas bajas y destrozos en el navío. Finalmente se rinde ante el Bellerophon, y una dotación de 55 marineros británicos suben a bordo y apresan a sus tripulantes. Sin embargo, por la noche, los marineros españoles supervivientes cortan los palos de las velas y los echan por la borda, quedando a la deriva y a la merced del temporal que sobrevino después del combate. Aprovechando la mejoría del tiempo, el 24 de octubre deciden reparar el timón para intentar regresar a Cádiz, pero el navío inglés Leviatán, les da alcance una hora después, apresando de nuevo a la tripulación para más tarde dejarla en manos del temporal.

El 28 de octubre naufraga en la costa de Arenas Gordas, entre las torres vigías de La Higuera y El Asperillo, quedando tumbado sobre el costado. El 31 de octubre la fragata británica Naid incendia el Monarca para que no pudiera volver a ser utilizado. Los restos del Monarca siguen hundidos en Arenas Gordas.

Ruinas de la torre de La Higuera (Matalascañas), testigo del naufragio del Monarca

Foto: José Antonio Mayo

Fuentes consultadas:

 http://www.todoababor.es

 http://www.batalladetrafalgar.com

 http://www.bajoelagua.com

José Antonio Mayo Abargues